Centauro descamisado

Centauro descamisado
Daniel Santoro

domingo, 27 de diciembre de 2009

"Para este Bicentenario, un Mansilla para equilibrar la estantería nacional"

*Diciembre 2009

Circunloquios alrededor de la prensa y los programas civilizatorios de cara al bicentenario de la patria.

Por: Juan J. Olivera

El 8 de octubre de 1913 cuando muere Lucio Victorio Mansilla en Paris Le Fígaro le dedica extensas necrológicas y los diarios de Buenos Aires hacen lo mismo. El país despedía a un hombre que había vivido incomodo en el tiempo que le había tocado vivir, que enfrentaba su existencia como una inquietud desesperante y con una gran curiosidad de los cambios científico-tecnológicos que traía la modernidad en la segunda mitad del siglo XIX, y que por decirlo de alguna manera ya adelantaban la llegada del siglo XX, pero con el pesimismo y la desconfianza propia de los escritores del romanticismo que veían en el crecimiento de la técnica un desmedro de los valores trascendentales y humanísticos .
Ecos telegráficos y estruendosos vapores de las calderas de la historia, repicaban en las costas rioplatenses como lo hacían en la India, Sudáfrica y China. Las caricaturas de la época lo dibujan a Mansilla como el gran viajero que era: con sus maletas, gorra del tipo de las que usaban otros viajeros como León Trostki y Lenín, monóculo en su ojo derecho y una larga barba que pareciera inseparable del sable que carga. Cuando muere Mansilla el siglo XX ya había llegado, un año más tarde se desata la “Gran Guerra” de 1914 que desplegará todas las fuerzas acumuladas que guardaba la caja de pandora del capitalismo imperialista y para la cual se venían preparando todas las naciones europeas como algo ineludible.
Se podría decir que Mansilla vivió en dos épocas. La primera, la de la “Gran aldea”, que termina en la Batalla de Caseros, el 3 de Febrero 1852, y una posterior que se consolidará a partir de 1880 con el gobierno de Roca. Cuando se hará la Federalización de Buenos Aires, ingresa al país una inmensa inmigración europea y se establecerá la inclusión decidida del país en el esquema de naciones productoras de materias primas para el imperio Inglés, el gran “Taller del Mundo” , que en el caso de Argentina por su condición natural geográfica, será entre otros negocios, la producción agro-ganadera la que consolidará un pacto de poder interno dominado por un sector oligárquico terrateniente en lo económico, conservador en lo político, y liberal en su concepción ideológica, con los capitales manufactureros del imperio Británico.

¡A otra parte con ese Contrato Social!


La infancia de Mansilla está tachonada de recuerdos de estampitas, divisas rojo punzó y rosarios de anécdotas familiares donde la rígida educación, el amor por su madre y la fuerte imagen de su padre héroe de “La vuelta de Obligado”, transcurre en entre las travesuras de infante correteando por los jardines de su tío Juan Manuel de Rosas. Se entremezclan las imágenes de gauchos mazorqueros y de “degollados” a la vera de los caminos. “Cuando pensamos que los que mataban eran hombres como nosotros , en cuyas rodillas cariñosas nos hemos sentado, ocúrresenos que pueden haber sido perdonados como inconscientes de crueldad”… dirá Mansilla, en el raro y magnifico “Rozas. Ensayo Histórico – Psicológico”, de 1898, un texto largamente esperado por amigos y enemigos pero que tardó tanto en escribir porque no quería hacer “una justificación ni un proceso” tampoco un libro de partido donde los “disfraces de la leyenda” sustituyeran “las realidades históricas”, por eso prologará así: “Nuestro propósito intencional, fríamente meditado por años , es que sea un libro de buena fe, de completa y absoluta buena fe.”
Desde niño la figura de Rosas era una presencia constante en la familia de Mansilla y después de dar vueltas por varios lugares reprimido por diversos amoríos inconvenientes, descubre El Contrato Social de Rousseau en la biblioteca del saladero que le había instalado su padre para tenerlo cerca ya que en ese momento el general Mansilla estaba al mando del ejército en el regimiento de San Nicolás. Mansilla cuenta ese encuentro con Rousseau en Los Siete Platos de Arroz con Leche, de 1890, donde su padre comprende que Lucio no es un hombre de negocios y el peligro que conlleva la inquietud literaria de su hijo y le dice “Mi amigo, cuando uno es sobrino de don Juan Manuel de Rosas no lee El Contrato Social si se ha de quedar en el país, o se va de él si quiere leerlo con provecho”. Es así que a los 17 años, se va de viaje a la India enviado por su padre a una empresa donde debe comprar mercaderías y en lugar de hacer los negocios encargados se dedica a viajar y a “comprar placeres, me gasté toda la plata, que eran una veinte mil libras esterlinas” recordará en “Mis Memorias” de 1904. Recorre en India: Benarés, Lahore y Delhi, fue el primer argentino en pisar el monte Himalaya, luego fue a Egipto, desembarcando en Suez y haciendo la travesía por tierra hasta El Cairo, años más tarde, en 1855, publicará el diario de ese viaje en “De Eden a Suez” . Continuó su viaje, siempre con su amigo James Foster Rodgers, por Europa y Constantinopla, para radicarse en París, que a partir de allí será el punto de preferencia donde regresará una y otra vez en su vida.
A fines de 1851 Mansilla regresa a Buenos Aires, visita a su tío en su residencia que lo pone al tanto de las intenciones del “Loco” Urquiza que se preparaba para dar el zarpazo sobre Caseros mientras devora los siete platos de arroz con leche. Mansilla ve como muchos de los que habían sido férreos defensores de Rosas ahora había cambiado de bando, muchos que también se había beneficiado de su política se hacían los desentendidos y este será un tema que lo acompañará en toda su obra ¿Qué fue el gobierno de Rosas? ¿Quiénes eran los federales y los unitarios? y si él era, como le preguntara el negro acordeonista en las tolderías ranqueles de Mariano Rosas que relata en “Una excursión a los Indios Ranqueles”, ¿federal o salvaje? En una ocasión un irónico Jorge Luis Borges le hará la misma pregunta a su biógrafo.

Rosas con espinas, no cardos.

Mansilla coincide en que el rosísmo es un “sistema” como lo llama Sarmiento en el “Facundo”1, pero dice del célebre sanjuanino que “era más gran pintor decorativo que pensador, un Victor Hugo desgreñado de la prosa abrupta argentina”. Había condiciones sociales y de “naturaleza” humana para que surgiera una persona como Rosas. Nació con la cualidad del mando y había crecido en la campaña, el lugar que daba vida al hombre americano, dice Mansilla: “Hay en el alma de la plebe, de la gente baja sudamericana, de color, una amalgama extraña de convicciones y de preocupaciones, de falsas nociones del deber, de lo que es humanidad, caridad; por la manera que allí donde un hombre hecho, perteneciente a una civilización más adelantada vea algo de cruel, él, el criollo de esa capa social, no verá sino un acto natural, algo aconsejado por la misma compasión. El criollo mezclado, descendiente de blanco y mujer de color o viceversa tiene además, como el negro, una energía vital casi íntegra; sufre menos del cuerpo y del alma, y su valor es menos intermitente que el hombre blanco puro” y a continuación relatará pasajes de la Guerra del Paraguay donde soldados de uno y otro bando cometían enormes actos de valor y arrojo, tal es el caso del tamborcito que se dedicaba a “ayudar a morir bien” en el termino gaucho “despenar” que era matar por solidaridad al que estaba sufriendo dolores horribles. Esta compasión, que podía ser vista como crueldad por un extraño y esta especie de natural disciplina al mando, eran conocidas por Rosas, relata Mansilla y en ella cultivó su imagen de conductor. Otros sectores sociales también, le habían hecho el caldo a Rosas, unos dándole más poder y facultades extraordinarias, otros porque exaltaban su posición política, por convencimiento o por miedo. La cuestión era que los vivas y los mueran estaban a la hora del día de uno y otro bando, mientras ambos mataban. El papel de la prensa se encontraba a la orden de los caudillos y a las razones de partido para engalanar a unos y defenestrar a otros. “Los tinterillos habían encontrado que sistema unitario y sistema federal eran buenos temas para lucir su ingenio, y los caudillos, ya en ciernes o deformados, de eso hablaban como si entendieran. Y así mentían los hechos y las palabras mentían. Y todo eran componendas entre los principios y el caudillaje, con su poquillo de legislación empírica para el caso ocurrente o bajo la impresión de incidentes pasajeros.”, cuenta Mansilla.
Evidentemente, lo que expresaban las ideas de uno y otro partido se habían sintetizado y propagandizado hasta llegar a convertirse en un oxímoron, ya nadie se preguntaba la significación o las razones para enarbolar alcanzaba con la divisa y la demonización para calificar. Sin embargo, aunque no se pueda hacer un exacto corte taxativo para analizar aquella sociedad, los sectores populares bajos, se encontraban junto el clero, los terratenientes y comerciantes oportunistas entre las filas del rosismo, y casi el mismo corte se podía hacer en el caso unitario para señalar los sectores burgueses, solo que una joven intelectualidad aristocrática heredera de las luces francesas y el liberalismo sajón ocupaba el lugar de masas, a las que con el paso del tiempo Scalabrini Ortiz llamará “el subsuelo de la patria sublevada”.
“El único que entendía bien era Rozas, que lo que quería era el poder, con la provincia de Buenos Aires como punto central, y fue así, haciendo gritar “viva la federación” siendo esencialmente unitario, como hizo todo su camino. Naturaleza contradictoria; porque le habían llamado grande americano, padecía o afectaba padecer de la megalomanía del americanismo, como un recurso para exaltar las masas”, dice Mansilla de su tío sin una intensión de juzgarlo, necesariamente, sino más bien explicando las razones por las cuales Rosas actuaba de esa forma, y agrega: “Se comprende, pues que nunca llegara, para él, el momento de constituir el país; una constitución cualquiera era todo lo contrario de lo que su falta de envergadura para abarcar vastos horizontes podía sugerirle. Espíritu objetivo, puramente realista, a lo Sancho Panza, sólo podía ver bien un peligro contra su interés o su pellejo, y su interés como él lo entendía , era mandar arbitrariamente.2” Mansilla en su ensayo, pareciera como dijimos antes no condenar a su tío sino hacer un análisis y una crítica, un prosessus, que como el mismo dirá tal vez no agregue nada nuevo, pero que sumado a otras literaturas que recomienda como las de Ramos Mejía , Vicente Fidel López y Adolfo Saldías, brindan un acercamiento a la experiencia de Rosas y su tiempo, y la vida misma del autor. No sabemos hasta qué punto es la vida de Rosas o la vida de Mansilla misma puesta en juego histórico lo que relata el ensayo “Rozas”3 .

En la neurosis de las multitudes argentinas, Rosas ¿solo un dolor de cabeza?

Mansilla encuentra en las razones que llevaron al poder a Rosas a como dijimos no solo condiciones personales de mando sino un estado psicológico en las masas proclives a recibir la llegada de una tiranía en el sentido griego de la palabra como fueron los 20 años de gobierno rosista. Donde no cabe la idea de Obediencia Debida porque “hay hombres que no saben cuál era su estado verdadero de alma en tiempo de Rozas;” los hemos interrogado, dice Mansilla, “son incapaces de no decir la verdad” y descarga contra los tiranos y la demagogía, donde el pueblo está en un estado de exaltación y padece las neurosis que señala Ramos Mejía en las “Multitudes Argentinas”. Dice Mansilla con palabras que parecieran sacadas de alguno de los discursos peronistas: “Oyéndolos se aprende a ser indulgente con el pueblo, que hasta cuando sostiene a los demagogos o a los tiranos , está siempre de buena fe. En medio de sus desalientos , de sus contradicciones , de sus cobardías , si su anhelo material es mejorar de condición, su anhelo moral es la felicidad” y agrega “Esos dos anhelos son un ideal que la multitud no discute, vive según ellos, y en ellos cree, como en una verdad inmutable, eterna; y su razón de ser estriba en que los hombres, tomados individualmente, persiguen todos una conciencia más o menos confusa, otro ideal: la belleza, el derecho; objetivamente el bienestar material, subjetivamente la felicidad”.

Enfrentamiento de imprentas y las estadísticas de la sangre

La propaganda opositora se hacía cada vez más “activa y virulenta”, dice Mansilla. Las exaltaciones partidarias llevaban a los unitarios emigrados a levantar una prédica contra los derechos territoriales argentinos buscando la intervención extranjera, subraya Mansilla: “confundían su causa con la causa nacional.”, continúa: “Sus diarios, sus panfletos, sus libros, traducidos ad hoc, circulaban profusamente fuera del país; algunos de ellos eran puestos en las manos de los estadistas europeos” , o llegaban también al Brasil donde los exiliados eran bien recibidos para conspirar contra Buenos Aires. En ese clima de injuria y conflicto, Rosas, publicaba en la Gaceta Mercantil y en el Archivo Americano que se editaba en varias lenguas. Al mismo tiempo, desde Montevideo, Rivera Indarte publicaba las “Tablas de sangre de la administración de Rozas” “… que tanta impresión han producido en Europa”. Si bien daba la posibilidad que se desconfiara de los datos por la parcialidad que mostraban las tablas, porque allí no figuraban las sangres federales derramadas por los unitarios. La fuerza de los números y tal vez la fuerza de la sangre despertaba el interés en personajes tan relevantes de la época como Thiers en las tribunas francesas que adhería sin entender bien: “Il n´y a personne qui ne soit indigée, dans la République de Buenos Ayres , contre Rozas, contre ce BRIGAND; je ui donne ce nom et vous allez voir qu´il n´en merite pas un autre” (31 mai 1844), escribe Mansilla burlón: “que ni el nombre de la república empleaba correctamente, dando así en parte la medida de su inconsciencia sobre la realidad de las cosas” . Mansilla al mismo tiempo que no concuerda con Rosas y dice claramente que su gobierno cometió el crimen de ser una tiranía inútil, critica también a los emigrados porque cometían a su vez el crimen de recurrir al extranjero para derrocarlo.

El hambre y el periodismo, una relación renuente en la escuela literaria nacional

Con la caída de Rosas, se exilia en Europa con su padre, pero retorna rápidamente el 20 de agosto de 1852 y al año siguiente se casa con su prima, Catalina Ortiz de Rozas su amor largamente negado. En 1855 Se publica “De Adén A Suez”, y en 1856 reta a duelo al senador y escritor, José Marmol, porque había ofendido a su madre en las páginas de “Amalia”. Por ese hecho Marmol lo denuncia, es encarcelado, y debe exiliase por tres años. Se traslada a Paraná, en ese momento capital de la Confederación, donde comenzó a escribir como periodista en “El Nacional Argentino” del que llegaría a ser director y propietario. De aquel acontecimiento escribirá la causerie “De cómo el hambre me hizo escritor” dedicada a Mariano de Vedia, donde contará como tendrá su propia ananké. Preguntas que se hacen en momentos difíciles, y a cierta edad, mirándose a sí mismo se hará cuestionamientos del tipo existenciales: ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Adónde voy?, dice Mansilla: “Cuando me pregunté ¿quién soy? La voz interior me dijo: “un federal de familia”. Y no digo de raza, porque mi padre fue unitario, en cierto sentido. Cuando me pregunté lo otro, el eco arguyó elocuentemente: “Vas donde debes, tendrás lo que quieres”. Así Mansilla emprende viaje a Paraná para luego cruzar a bote a Santa Fe donde lo reciben con entusiasmo y lo participan de los planes para hacer navegable el río Salado: “Todo el mundo estaba loco en Santa Fe: todos eran argonautas, era el descubrimiento del vellocino de oro” escribe risueño Lucio, al mismo tiempo que recuerda su escases de dinero. Los santafecinos estaban empecinados en la infalibilidad de aquel proyecto y preparaban una fiesta para anunciar las obras ,“¡Ay del que se hubiera atrevido a negarlo!”, dice Mansilla. En aquel jolgorio la estampa de Lucio llama la atención del caudillo y gobernador local Juan Pablo López que lo protegerá y compartirá amistad. Los santafecinos descubrirían luego que el Salado era innavegable, pero hasta entonces Lucio descubrirá lo que será su ocupación por el resto de su vida: el periodismo. Cuenta Lucio que al término de aquella fiesta y cuando se disponía a dormir, el dueño de la casa que lo hospedaba se acerca para pedirle el favor de escribirle la navegación del Salado, para mandarla a publicar en el diario Paraná:
-¿Yooo?, escribe Mansilla.
-Sí pues; pero sin firmar: yo la mandaré como cosa mía.
- ¡Si yo no sé escribir, señor!
- ¡Cómo! ¡Usted no sabe escribir y ha estado en Calcuta! ¡Y habla una porción de lenguas! ¡No me diga, amigo!
-Le aseguro que no sé, que no he escrito en mi vida, sino cartas a mi mamita y a tatita, y hecho una que otra traducción del francés
-Ah, ve usted. ¿Y eso no es escribir?
No hubo que hacer; yo tenía que saber escribir. Aquel hombre lo quería: me había dado hospitalidad.
-Bueno, le dije, haré lo que pueda.
Brilló un rayo de felicidad en sus ojos.
-Voy a traerle todo.

Para Lucio el pedido más que alegrarlo lo mortificaba, quizá por la incertidumbre o esa sensación de vulnerabilidad que uno tiene siempre que encara la página en blanco, o tal vez por el desafío, el miedo a realizar algo desconocido; o lo que es mas paralizante la vergüenza, el ridículo una vez conocido lo publicado. Dice Mansilla: “Me puse a llorar. Me sentía desgraciado; ¿en castigo de qué pecado había ido yo a Santa Fe? Era toda mi inspiración sobre la navegación del Salado ( …) Me senté, me puse a coordinar esas ideas , que no son tales, sino nebulosas informes del pensamiento. Poco a Poco, algo fue trazando la torpe mano: borraba más de lo que quedaba legible. Tenía que describir lo que no había visto: la navegación de lo innavegable, de lo que era peor, lo que había visto, lo innavegable de la navegación - y solo me asaltaban en tropel- recuerdos de la China y de la India, de la Arabia Pétrea y del Egipto, de Delhi, del Cairo y de Constantinopla (…) ¡Qué noche aquella! Como quién espanta moscas, que perturban , las fui desechando, desenmarañando, y pude al fin, sentirme algo dueño de mi mismo, y haciendo pasar lo que quería del cerebro a la punta de los dedos, escribir una quisicosa, que tomó forma y extensión. Fue un triunfo de la necesidad y del deber, sobre la ineptitud y la inconsciencia. Yo no sabía escribir, pero podía escribir.”
Al otro día el anfitrión fue a buscar el resultado del desvelo de Lucio. Entre hojas borroneadas que ni él mismo entendía su letra, leyó con dificultad la nota. Cuando hubo terminado la lectura el protector de Mansilla exclamó: ¡Ah! Mi amigo, ¡qué servicio me ha hecho usted! Para luego pedirle que se lo dicte para copiarlo con su propia letra. El hombre no tuvo mejor idea que leer el texto a un ministro del gobernador que no creyó su autoría y lo apretó para que rebelara al escriba; afortunadamente el funcionario conocía a su padre y luego de escuchar las penurias por las que estaba pasando Lucio le ofreció darle una “imprenta, papel, operarios, y un sueldo” a cambio de hacer “un diario para sostener al gobierno”. La suerte de Lucio había cambiado pero la idea de escribir para el público lo aterraba, se hacía la pregunta que todo escritor se hace siempre: ¿Sobre qué escribiría?
Así en 1857 Mansilla inicia su carrera periodística en “El Chaco”, para luego publicar en “El Nacional Argentino”. En 1858 regresa a Buenos Aires, es elegido diputado y edita su diario “La Paz” que sale hasta 1860. En 1861participa en la Batalla de Pavón como capitán de línea en el pueblo de Rojas, allí escribe “Del Ejercito Argentino y bases para el establecimiento de una Escuela Militar Nacional”(1863) y “Recuerdos de Egipto” para “La Revista de Buenos Aires”.

Con la pluma, con la espada y la palabra

En mayo de 1864 se estrena su melodrama “Atar Gull o una Venganza Africana” y en octubre del mismo año la comedia “Una Tía”, ambas son recibidas con mucho éxito ante un público ávido de acceder a manifestaciones teatrales. Las dos obras habían nacido producto de unas apuestas ganadas donde Lucio se comprometía a escribir un drama en cuarenta y ocho horas, así nace “Atar Gull” y para “Una Tía” “hará una comedia en el mismo tiempo que un amigo enseña a su canario, cómo debe alimentarse sacando alpiste de un baldecito del que tira por medio de un hilo”, cuenta Aníbal Ponce en “La vejez de Sarmiento”.
En 1865 participa en la Guerra del Paraguay como militar y periodista en “La tribuna” de los hermanos Varela, donde hace frecuentes críticas a la conducción y al desarrollo de la guerra. Sus descargas apuntan al general de guerra Gelly y Obes, bajo los seudónimos de “Falstaff” y “Tourlourou” firmó sus crónicas del Paraguay. Gelly intenta cambiarlo de destino y enviarlo a sofocar una rebelión en San Juan pero antes de que llegue su batallón el alzamiento había sido vencido y regresa al frente paraguayo para participar en la batalla de Humaytá. Lucio es herido en la batalla de Curupaytí. En el Paraguay había conocido y entablado amistad con Dominguito, el hijo de Sarmiento que morirá en la guerra. Esta relación lo acerca al sanjuanino, y en 1968 al finalizar la presidencia de Mitre apoya fervientemente la candidatura de Sarmiento que cuando accede a la presidencia “premia” a Mansilla nombrándolo coronel y comandante de frontera en Rio Cuarto, Córdoba.

Una excursión mediática

El lugar de destino no le agrada a Lucio, pero es allí donde realizará el relato “Una excursión a los indio ranqueles” que publicará a modo de cartas a su amigo el director de “La Tribuna” de Buenos Aires casi diariamente a partir del 12 de mayo de 1970 hasta el 7 de septiembre del mismo año. Mansilla se queja al ser destinado al Rio Cuarto donde podía morir esterilmente y en la oscuridad, una muerte inútil sin laudos y en el anonimato. Justo él que era el sobrino de Rosas, paradoja, burla del destino o conspiración vengativa, hizo campaña por Sarmiento el mayor detractor de su tío, y se le mal pagaba. A él, Lucio, que hablaba otras lenguas, que había redactado textos teóricos sobre la formación militar, que era un dandy, un hombre de mundo, de buena familia, aristócrata y viajero, se le daba la innoble misión de controlar las tropelías de un puñado de indios que asolaban “el camino del cuero”. A él, que había nacido para conjugar todos los verbos posibles de la vida y el mundo en primera persona.
Mansilla creía que con la excursión cometería una hazaña político-militar, ya que nadie había osado entrar tanto en “tierra india”, y que le otorgarían el puesto de Ministro de Guerra con el que soñara cuando apoyó la candidatura de Sarmiento. La aventura si bien fue un éxito, en las autoridades militares provocó todo lo contrario, le trajo la indiferencia del gobierno y al poco tiempo el alejamiento de su cargo.
La excursión la realiza Mansilla en el tiempo donde crece la demanda de ganado vacuno principalmente. Hay una fuerte influencia del positivismo europeo en términos ideológicos sobre el proyecto de modernización del país donde los indígenas y criollos eran considerados genéricamente inferiores y debían ser suplantados por inmigración europea, sajona o germánica. Sin embargo los que acudirán a hacer la América serán los habitantes de los pueblos mediterráneos que en lugar de trabajar la tierra fueron hacinados en las urbes, el campo salvo excepciones quedó en manos de una oligarquía terrateniente.
En aquella época había dos concepciones de cómo hacer el desplazamiento de las comunidades indias:
1- pacífico, a través de pactos y tratados comerciales que aseguraran la paz en un proceso escalonado o catequizador.
2- Violento, y ofensivo que los expulse más allá del Rio Negro.
La falta de armamento y fuerzas militares hacían imposible la reducción de los indios. La fuerza y organización de los pueblos indios que ocupaban las tierras, limitaban la acción ganadera. Los tratados y acuerdos, de uno u otro lado, habitualmente se rompían: los ganaderos extendían los territorios, los indios respondían haciendo malones y capturaban vacas para comerciarlas hacia con los indios de Chile, y esto tenía como consecuencia la intervención militar en la zona de frontera y las glebas por la fuerza a los criollos. A partir de 1872 la política será de creciente ofensiva militar para terminar en el exterminio que realizó Julio A. Roca en la Campaña al Desierto de 1878-1879.

Una excursión para equilibrar la estantería nacional

La excursión a los indios ranqueles, contiene una riqueza como documento histórico y político inconmensurable, su texto contiene como dice David Viñas “claves”, llaves guardadas para buscadores y pensadores de mundos distintos. Podríamos decir mejor proyectos alternativos de país y modos diferentes de hacer las cosas simplemente. En la simpleza y en el relato dulzón y anecdótico sin mostrar las cartas Mansilla desgrana su manifiesto. Hay un plan Mansilla entre líneas que debe rebelarse y que lo ponemos en la tercera columna sobre la que se puede apoyar la literatura de la historia argentina. Mansilla es la pata que necesita el arqueado anaquel nacional para relanzarse justicieramente a componer algunos temas inconclusos. El “Facundo” de Sarmiento de 1845, contiene como ejes centrales de su manifiesto panfletario político-sociología la categorización civilización-barbarie para establecer un modelo crítico y una forma de construcción ideal del hombre americano, hay un señalamiento del problema y una forma para cambiar el estado de las cosas. Esta presente todo el tiempo el miedo, a lo desconocido, a lo presente, pero principalmente a lo subyacente. Los temas son cocidos: el desierto, la campaña, lo urbano, el gaucho, etc. Es el espíritu de la tierra lo que le preocupa a Sarmiento, lo que lo asusta y lo que se debe erradicar para construir una realidad material, como puede pensar un liberal o un marxista, para no estar atados a las antojadizas cosmovisiones irracionales y a las experiencias sensitivas e iracundas de los naturales americanos. Podríamos decir que el Facundo y la obra de José Hernández “Martín Fierro” se sitúan juntos siempre dispuestos a la consulta en el centro del anaquel. El poema de Hernández es del año 1872, es publicado dos años después de la excursión de Mansilla, uno y otro se conocían y suponemos que se habían leído mutuamente, pero aunque las referencias políticas los acerquen a la tradición federal la expresión de Hernández es la denuncia militante. Si en Sarmiento rechazo a la raza del gaucho en Hernández hay reivindicación y denuncia por los atropellos e injusticias a los que se debe enfrentar el hombre de frontera, de la campaña, algo se mantiene igual en cuanto al desierto: el miedo. El indio y los militares son los que dominan la escena del desierto, sujetos que alejan la paz de los tiempos venturosos “donde el gaucho vivía y su rancho tenía”. Los indios son salvajes, impíos e infieles para Hernández, acechan y cascotean de un lado al rancho del cristiano “Martin Fierro” por brutalidad natural mientras de otro lado el Estado cascotea también con leyes y burocracias injustas. Pero tanto en Sarmiento como Hernández el miedo al desierto y la demonización de lo indio está ahí.

Muchos en este desierto

Antes ya Echeverría, por primera vez se había atrevido a escribir sobre la pampa en “La Cautiva”, Sarmiento lo nombra en el Facundo, Mansilla también lo refleja en las primeras páginas de la excursión. Resulta interesante la reflexión de Aníbal Ponce, dice: “Echeverría cantó la propia tierra y sobre el espíritu del tiempo falsamente clásico sus octosílabos pasaron como una racha fresca cargada de aromas. Su obra, empero, no pasó de un bosquejo, y es que en el autor de La Cautiva, el poeta de la regeneración social sofrenaba al poeta descriptivo. Siente la naturaleza pero no la ve. Por eso cuando habla del desierto inconmensurable y triste, parece que pasara sobre él la sombra de su propio espíritu”. Mansilla derriba y confronta, pero desde un juego de candilejas art nouveau y gallardías románticas, en las improntas de su literatura de claro-oscuros de daguerrotipo, tras esas mascaras venecianas es el federal “de familia” que se esconde. Pero critica duro, pavoneándose y poniéndose en el centro, pasa desapercibido, se protege; con pompa y excentricismo nos ha dejado su programa político entre líneas o como su causerie, “entre nos”.
En “Una excursión a los indios ranqueles” Mansilla cuestiona el pensamiento eurocéntrico, la “civilización no posee menos carga barbárica que los indios ranqueles de las tolderías de su primo adoptivo, Mariano Rosas, en Leubucó y con corrosiva ironía escribe: “La civilización consiste, si yo me hago una idea exacta de ella, en varias cosas. En usar cuellos de papel, que son los más económicos, botas de charol y guantes de cabritilla. En que haya muchos médicos y muchos enfermos, muchos abogados y muchos pleitos, muchos soldados y muchas guerras, muchos ricos y muchos pobres. En que se impriman muchos periódicos y circulen muchas mentiras”.
Para Mansilla los indios son diferentes, pero no carecen de códigos kantianos de moral universal, porque son visualizados como hombres y es posible la integración así como otras razas también se han fusionado en el devenir histórico con otros pueblos cómo el europeo. Lejos de lo que muestran otras literaturas, Mansilla demuestra que los ranqueles tenían un gran sentido religioso y estaban integrados al cristianismo más de lo que se creía entonces. El relato muestra la preocupación de Mariano Rosas por qué su pueblo conociera al “Dios” cristiano, y el mismo Mansilla participa de una misa bautismal en las tolderías donde apadrinará a niños ranqueles. En las mentes de la época el “malón” y “la indiada” son calificativos que se traducen en una concepción que tiende a reafirmar la idea bárbara, cruel y anárquica de la vida de los indios, pero que Mansilla desarma describiendo el complejo entramado social, el alto grado de organización política y territorial, compuesta por protocolos, parlamentos, jerarquías y niveles democráticos de consulta y decisión, tal vez más aceitados que los practicados en las grandes urbes.

Canillitas en Leubucó

Para sorpresa del mismo Mansilla los indios estaban informados y conocían las noticias de la modernidad. Sabían que los pastos del “camino del cuero” eran codiciados por el Estado nacional no solo por las condiciones naturales que presentaba para el pastoreo sino porque se estaba planeando el trazado de una línea ferroviaria, y esta información la recibían como cualquier hijo de vecino ¡por el diario! “La Tribuna”. Mariano Rosas en medio de un parlamento le extiende a Lucio un ejemplar del periódico que lo deja boquiabierto y casi sin argumentos, le dice el jefe ranquel pasándole el ejemplar de “La Tribuna”:
¿Y entonces por qué no es franco?
-¿Cómo franco?
-Sí, usted no me ha dicho que nos quieren comprar las tierras para que pase por el Cuero un ferrocarril.
Aquí me vi sumamente embarazado.
Hubiera previsto todo, menos argumento como el que se me acababa de hacer.
-Hermano –le dije- eso no se ha de hacer nunca y si se hace, ¿qué daño les resultará a los indios de eso?
-Sí, ¿qué daño?
-Que después que hagan el ferrocarril, dirán los cristianos que necesitan más campos al Sur, y querrán echarnos de aquí, y tendremos que irnos al Sur de Río Negro, a tierras ajenas; porque entre esos campos y el Río Colorado o el Río Negro no hay buenos lugares para vivir.
-Eso no ha de suceder, hermano, si ustedes observan horadamente la paz.
-No hermano, si los cristianos dicen que es mejor acabar con nosotros.
-Algunos creen eso, otros piensan como yo, que ustedes merecen nuestra protección, que no hay inconveniente en que sigan viviendo donde viven, si cumplen sus compromisos.
El indio suspiró, como diciendo: ¡Ojalá fuera así! Y me dijo:
-Hermano, en usted yo tengo confianza, ya se lo he dicho, arregle las cosas como quiera.

Poca confianza les tenían los indios a estos pactos, solo veían en ellos una forma de ganar tiempo o de dilatar un final que veían inevitable según la misma experiencia histórica que habían vivido todos los pueblos originarios desde la llegada de los españoles al continente. Otro de “errores” o como diría Jauretche: zonceras; es el renuente rotulo “desierto” que abunda en las páginas de la literatura nacional para describir la pampa. Mansilla dejará en claro que el desierto no está desierto, que la pampa no tiene ni el ombú ni los cardos y que estos son de las zonas pobladas. La pampa no es un gran llano deshabitado, hay infinidad de lugares y accidentes geográficos: loma, montes, guadales, etc, y una gran cantidad de personas y pueblos que la surcan constantemente. En Mansilla la idea de progreso no significa mayor civilización ni mejoría para el hombre sino mayor alienación y deshumanización. Reconoce al indio como persona, lo llama “Hermano”, como “otro” con sus razones, sus apetencias y sus desdichas, también sus derechos. Tiene una mirada profunda, aunque compresiva, está ubicada en el rol que le toca actuar: es militar, occidental, y en blanco, pero no calla, critica, comenta y ese es el gran valor de su literatura. Mansilla no ejerce una “caridad” intelectual del tipo “pobre los indios…”, sino que reconociendo su bravura, su combatividad, su espíritu indomable, los puede pensar sin miedo ni prejuicio.
En este texto lleno de claves Mansilla ve en el indio que hay un “otro” un “Ser Humano” como también había visto y lo relatara en los sucesos de la Guerra del Paraguay. Entonces si hay “humanidad”, debe haber “derechos”, y no cabe la idea de exterminio. Mansilla aleja las practicas demonizadoras que se acostumbraban en la época con el rival, su juego será limpio: intenta comprender para describir y criticar. Su crítica es también la pluma de la denuncia pero suavizada por la afectación del personaje que sin querer dice, y mucho.
La excursión le traerá problemas a Mansilla, ya cuando estaba en camino le ordenan que retorne al cuartel porque la misión era “innecesaria”, él decide continuar. Luego será relevado del puesto pero antes entrega un informe a sus autoridades militares donde recomienda la ocupación militar de los territorios al Sur del Río Cuarto. ¿Por qué Mansilla después de haber intercambiado ideas con Mariano Rosas, criticar la idea de exterminio y poner su palabra de por medio recomienda la ocupación? ¿Era todo una actuación de Mansilla? ¿Era un embuste más a los indios? No creemos, Mansilla encarna el rol para el que estaba designado, el no se aparta de la “misión” para la que era se había realizado la excursión. Era militar y cumplía con su tarea de negociar, tal como Mariano Rosas tenía sobre su responsabilidad conducir el porvenir de su pueblo. Mansilla escribe que es posible la ocupación, porque para eso había llegado hasta allí, cumple con los objetivos que le fijaron, no contaba encontrarse con una cantidad de cosas que le sorprende y que nos cuenta, nos alerta, muestra: al lector le queda la reflexión. Tal vez el valor de estos escritos sea ese.

Nos gustaría pensar que si Mansilla hubiera sido el encargado de la Campaña al Desierto, o si accedía como era su deseo a Ministro de Guerra la historia hubiese sido diferente. Pero no sabemos. Lo cierto es que sí existían otros proyectos y gente que pensaba como él. No hay razón para no creerle, puestos ya en situación. Cuando dialoga, Mansilla con Mariano Rosa hay paridad y como se ve posibilidad de acuerdo. Releer a Mansilla frente a este bicentenario es tomar partido por esa presencia indígena propia de América, como una obligación pendiente. Nadie planteó el problema tan claro como este incansable viajante. Si Mansilla escribió lo que vio en “Una excursión a los indios ranqueles” quiere decir que era posible otro “plan” otro “proyecto”, otras ideas que quedaron al margen de la historia o que perdieron, fueron derrotadas, tal vez sea hora de reconsiderarlas para una justa refundación.

Aníbal Ponce, o el método no se entrega.

Aníbal Ponce desde un Marxismo heterodoxo pero no por eso menos duro describe a Lucio como un burgués que se había aristocratizado, un “espíritu proteico que supo armonizar, con arte insuperable, la rigidez militar y la distinción exquisita, el temple varonil y el refinamiento epicúreo. Poseído de una ser insaciable de sensaciones nuevas, conoció todos los jardines, se aproximó a todas la fuentes. Bebió en todas las copas, gustó todos los goces”. Ponce le reconoce en Mansilla una gran amplitud cultural solo compartida por Mitre en los militares de la época: “Lector formidable, pasaba con igualdad agilidad de un tratado de estrategia a un comentario de Platón, de las profundidades de Spinoza al mariposeo de Legouvé, y del frío ascetismo de Kempis a la sonrisa pagana de Anatole France”. Sin embargo Ponce es crítico con la inclinación hacía las ciencias en boga de entonces como la frenología, critica también el discurrir filosófico de Lucio, esos paréntesis en los relatos que muestran entre líneas una búsqueda o motivo más allá de lo anecdótico que preocupaba al autor y que nos acerca en las líneas de su literatura. Pero Ponce no soporta aquellas disquisiciones filosóficas, dirá que es el “aspecto desgraciado” de la obra de Mansilla porque interrumpía de “forma fastidiosa” el curso de la narración y las condena como divagaciones “chirles y ramplonas”. Contrariamente, sospechamos que en toda la obra de Mansilla está la clara intención de rebelarnos su imperativo categórico mostrando la experiencia misma con sus sistemas y cogitos existenciales. Ponce pega desde la fascinación por el materialismo dialéctico su munición de grueso calibre marxista recae en la torpeza determinista y en un positivismo biologisista clásico al referirse a lo que Mansilla llama la obra estéril de Rosas escribe “no fue estéril, como nada lo es en la naturaleza; y no está tampoco en manos de un hombre, cambiar el curso de la vida de un pueblo. Los fenómenos sociales, en cuanto son fenómenos biológicos, obedecen a un riguroso determinismo. Nosotros no hacemos la historia; esta se va formando ante nuestros ojos, y nos arrastra siguiendo el advenimiento y las transformaciones de las necesidades materiales”. A Ponce no le importa comprender la literatura de Mansilla porque así como no soporta sus basamentos ético-morales porque interrumpen la descripción que necesita para conocer los síntomas de la historia, desecha también las apreciaciones sociológicas y psicológicas. Para Ponce Mansilla hace psicología descriptiva pero ignora las “verdaderas causas”, considera que el estado psicológico de un pueblo no puede ser el “móvil de su evolución social” y encuentra todas las repuestas a esos interrogantes en el sustratum económico. Ponce desecha las reflexiones de Mansilla, afirmará que las causas del rosismo radican en el desarrollo de “el régimen feudal organizado”. Ponce niega los argumentos de Mansilla porque alega que este fracasa a la hora de explicar las razones que llevaron a Rosas al poder. Indirectamente Ponce le reclama ¡un materialismo dialéctico marxista! y concluye diciendo que su interpretación “es más prosaica que la de un Dios, una Idea o una “Argentinidad” que nos conduce, como a los reyes magos la estrella de Belén; pero la sociología no se ha hecho, ni para literatos, ni para poetas…” Tal vez si Ponce hubiera vivido más tiempo habría dudado de su primera afirmación y confirmado la segunda.

La donna è mobile qual piuma al vento muta d'accento e di pensiero

Al concluir el gobierno de Sarmiento en 1874 Mansilla hace campaña por su amigo Nicolás Avellaneda que asume a la presidencia con la denuncia de fraude por parte de Mitre que intenta un golpe cívico-militar. Mansilla se hace cargo del Estado Mayor del Ejército de Reserva y se une a las fuerzas leales que derrotan a los mitristas. Para 1876 es elegido diputado por la lista del Comité Autonomista y permanece en su banca solo un año porque tenía noticias sobre importantes yacimientos de oro en Paraguay y le solicita a Avellaneda la gobernación del Chaco y con unos amigos realizó una empresa para la explotación que resulto un total fracaso. Renunció a la gobernación en 1979 y viajó a Europa donde permaneció hasta 1880. Cuando Lucio regresa se enfrenta a duelo con Pantaleón Gómez un rival político de la época que manada a mejor vida de un pistoletazo, Julio A. Roca se encarama como presidente de la República luego de la “Federalización” de Buenos Aires, y le da la misión de promover en Europa la inmigración extranjera y una misión militar secreta.
Sin embargo, el 10 de enero de 1885 Mansilla publica una carta dirigida a Roca separándose de su política. Este hecho le vale un arresto por desacato en los cuarteles de Retiro y una gran trascendencia por un reportaje publicado por el vespertino fundado por Manuel Lainez, “El Diario”, bajo el título “El general Mansilla en su casa. Una entrevista con él”. Otros medios periodísticos como el “Courrier” de La Plata decía que Lucio había “buscado” su detención para captar la atención de la opinión pública y asegurarse la adhesión política de sus seguidores. En junio de ese año Lucio es nuevamente elegido diputado nacional por el Partido Autonomista y se inclina hacia la figura de Juarez Celmán. Conocida es la respuesta que dará a un cronista que al preguntarle a Mansilla sobre sus bandazos políticos y poca disciplina partidaria contesta: “Un hombre que piensa seis meses seguidos del mismo modo, en cuestiones temporales, está seguro de equivocarse”. Sobre la inconstancia política de Lucio escribe Aníbal Ponce: “Se explican así en el político las inconstancias, los abandonos, los desfallecimientos. Liberal, primero; elemento dócil del catolicismo, después; enemigo de Mitre al principio; su entusiasta admirador más tarde; brazo derecho de Juárez Celman después de haber sido su clamoroso opositor”. Sin abandonar la actividad política ni periodística en 1888 publica “Entre-Nos. Causeries de los Jueves”. Dos años más tarde alcanza la vicepresidencia de la Cámara de Diputados y el grado militar de General de División.

El género Mansilla

Su género es la causserie. Un relato a modo de cartas donde se establece cierto trato intimo entre el escritor y el lector, como él mismo prologa sus “Causeries del jueves” desde las páginas de Sud América: “Hablaremos, lector amigo, inter nos, como si conversáramos en viaje, sin plan ni método, por matar el tiempo, de lo que hemos visto u oído sin querer, cruzando otros fines, extrañas o desconocidas tierras”. Los relatos de Mansilla son personales, infidentes, confesiones a media voz, reflexiones a vuelo de pájaro y exclamaciones a boca de jarro donde el relato de la experiencia pone a todos los actores y sucesos en un juego de ronda o de “mancha” donde en el centro se encuentra Mansilla. En su literatura hay algo lúdico siempre presente que se intercala con una fina ironía; un humor aristocrático pero con mundo o “calle”, idealista y superficial al mismo tiempo, impetuoso, delicado y agudo , con una sonrisa sensual a media boca, del tipo porteño-gardeliana que da ribetes dandys. Cuenta “verdades” o sus verdades particulares. Relata y reflexiona graciosamente situaciones que pondrían los pelos de punta a más de un teórico de izquierda o derecha. Sin embargo Mansilla realiza su obra con una profundidad y agudeza que llega a mostrar y dejar en claro lugares de difícil o imposible acercamiento antes.
Su vida fue un viaje. Viaja por muchas razones y en realidad su escritura inquieta cuenta como un incansable viaje por la vida. Por donde pasó Mansilla dejó registro literario. Su particular mirada puso al hombre y su entorno en el centro de su literatura. Leemos “su” mirada, socarrona y escéptica frente al progreso que repasa viejas anécdotas bordadas en antiguos paños bautismales y rezos murmurados a la memoria de los familiares más cercanos.
Un hombre moderno, que está enterado de los adelantos técnicos más avanzados de época, que lee los últimos autores y expresiones científicas de la psicología y la sociología pero que no duda en repasar los más antiguos libros morales a los que recurre como sacro límite para el nuevo mundo del siglo XX que intuye no mejor que el que él había vivido.

Madame La Mort


Después de varias decepciones políticas Mansilla se entregó de lleno a la literatura y publicó: “Retratos y Recuerdos” en 1894, prologado ¡por Roca!
En 1895 parte para Europa una vez más para estudiar la organización militar de varios países. En el viaje muere su esposa. A partir de entonces Mansilla viaja incansablemente en misiones diplomáticas sin dejar la escritura. Así publica en 1898 “Estudios Morales. Diario de mi vida” y “Rozas. Ensayo Psicológico – Histórico”. En 1899 se casa en Londres con su segunda esposa, Monica Torromé, y al año siguiente es nombrado ministro plenipotenciario ante las cortes de Alemania, Austro-Hungría y Rusia, mientras sigue colaborando periodísticamente en “El Diario de Buenos Aires”. En 1903 publicó el ensayo sociológico sobre la Argentina “En Visperas”, en 1904, “Mis Memorias” y en 1908 su último libro “Un país sin ciudadanos”.
A partir de 1906 se radicó ya permanentemente en París donde frecuentaba la Sorbona y los lugares por donde transcurría la vida social y cultural de la belle epoque francesa. Allí conoció la muerte a la que debe haber saludado con un presto y galante ademan, suponemos de tratarse una bella madame La Mort parisina.




Notas al pie

1 Mansilla sostiene que Rosas no mató a Facundo, como cuenta Sarmiento en su libro, toma el texto como un escrito interesado, de partido, valiéndose de algunas anécdotas, dice: “Porque lo repetimos, el Quiroga de Sarmiento es un Quiroga a lo Alejandro Dumas convirtiendo la historia en leyenda. Quiroga no podía ser de naturaleza tan primitiva, ni tan feroz, sin resortes humanos”

2 - Cuenta Mansilla: “Cuando Rozas y Gerónimo Costa, una de las mejores espadas y hombre de buena cuna, se encontraron después del 3 de febrero a bordo del Conflict (nombre del barco inglés que llevó a Rozas a Southhampton), Costa le dijo:
-¡Lástima que no haya sido posible constituir el país!
-Nunca pensé en eso –repuso Rozas.
-Y entonces, ¿por qué nos hizo pelear tanto?
-Porque sólo así se le puede gobernar a este pueblo.

3 – Mansilla escribe “Rozas”, siempre con “Z”, como era originalmente el apellido “Restaurador”, que él cambiara en un acto de rebeldía familiar cuando se escapa de su casa para conchabarse en la estancia de los Anchorena. A partir de ese hecho será conocido como “Rosas” con “s”, como lo llamamos. Otro caso conocido, con diferente motivación pero de la misma ramificación política, es el de Leandro Nicéforo Além que relata brillantemente Manuel Gálvez en su “Yrigoyen”. Que cambia el “Alén” heredado, escondiéndose tras aquella “m” que piensa puede ocultarlo o mantenerlo a salvo de los enemigos y del fantasma de su padre mazorquero ahorcado por sublevarse con las tropas rosistas de Hilario Lagos en diciembre de 1852.



Bibliografía no citada:

-Clementi, Hebe, Fernández, Margarita, “Prologo” a “Una excursión a los indios ranqueles”. Edicol. Buenos Aires 2006.
-González, Horacio, “Retorica y Locura”. Ediciones Colihue. Buenos Aires 2002.
-Halperin Dongui, Tulio, “Una nación para el desierto argentino”. Editores de América Latina 2004.
-Jitrik, Noé, “Historia crítica de la literatura argentina. La lucha de los lenguajes”. Página 12. Buenos Aires 2005.
-Orgambide, Pedro y Yahni, Roberto. “Enciclopedia de la literatura argentina”. Sudamericana. Buenos Aires 1970.
-Ortega peña, Rodolfo y Duahalde, Eduardo Luis, “Baring Brothers y la Historia Política Argentina”. A. Peña Lillo Editor S. R.L. Buenos Aires 1974
-Rojas, Ricardo, “Historia de la literatura argentina”, Vol. VIII. Kraft. Buenos Aires 1960.
-Tarcus, Horacio, “Diccionario Biográfico de la Izquierda Argentina”. Emecé. Buenos Aires 2007.
-Vinacua, Rodolfo, “Capitul., La historia de la literatura argentina, N°18, Lucio V. Mansilla”. Centro Editor de America Latina. Buenos Aires 1967.
-Viñas, David, “Indios, ejército y frontera”. Santiago Arcos Editor. Buenos Aires 2003.
-“Literatura argentina y política. De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista”. Sudamericana. Buenos Aires 1995.
-“Literatura argentina y realidad política”. Vol2. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires 1994.

Palabras, Significantes y distinción política.

Ponencia para las II° Jornadas de Pensamiento Politico Argentino 29/11/2004, UNR, Rosario, Santa Fe.


Paradojas alrededor del lenguaje argentino.

Juan José Olivera.

Cierto es que cada país, zona o región tiene sus idiomas propios, sus giros en el lenguaje y en la lengua, que se expresan en la cotidianeidad del uso y que demarcan una identidad.
El lenguaje es cosa multiforme, cosa social y pública en permanente transformación y disputa hegemónica, porque lenguaje al igual que información es poder. El poder se expresa con su lenguaje, las burocracias tienen sus términos, las hinchadas y barras bravas tienen sus códigos idiomáticos y las universidades y la política también los tienen.
En cada momento histórico y lugar los significantes y los significados, haciendo un apresurado y maltrecho llamado a Ferdinad De Saussure y su “Curso de lingüística general”, presentan modos y formas particulares, entre el individuo y la colectividad o sociedad, está mediando la palabra.
En este trabajo me interesa hacer un repaso por las palabras, lenguaje y algunos significantes que resultan propios del actuar político argentino y que en su uso histórico han demarcado fronteras políticas e ideológicas. Banderas e iconos, símbolos, guiños y señas que surcaron el ideario y el anecdotario nacional.
Más allá del importante aporte que son los análisis de discurso entre los que se pueden citar los de Eliseo Verón sobre el peronismo, no me referiré en concreto al análisis concreto de la decodificación, o buscar explicaciones para términos y usos para elaborar complejos sistemas de proposiciones verificables o falsables epistemologicamente o desde la empiria. La atención esta puesta en la construcción de la identidad política y cultural del sujeto, del ser y sus expresiones identitarias.
Avanzar sobre el lenguaje político, que es el lenguaje por excelencia si tomamos a la política como forma igualitaria concebida para el bien común y la realización virtuosa del hombre, en el sentido aristotélico, presenta dificultades porque ni la política es algo rígido ni constituido y tampoco sus signos. Sin embargo los que hacen la política y su habla cotidiano, saben de que estamos hablando. Un mensaje que expresa interés y formas contrapuestas, contradictorias, dialécticas comunicacionales que presenta formalismos, retóricas rígidas y giros picarescos en géneros tan conocidos como la “chicana”, la “rosca”, el “primereo”, o el “minuteo” político o metáforas atléticas como el “correr” por izquierda o por derecha según ordene la situación, que rebelan la presencia de elementos del “abajo”, de un “submundo” o zona particular. Mundo, vinculado al juego, de una tradición de tahures y comités que abordan la escena y que se mezcla con protocolos, solemnidades y posturas que en conjunto presentan la corporidad del político y de su cara visible para las masas.
El lugar del político está entre la mesa de juego y el Martín Fierro. Donde hace escuela, es en El Truco, que según Ezequiel Martínez Estrada, es el juego de barajas en donde “hay una parte reservada al azar y lo restante a la astucia, a la adivinación, a la audacia y a la prudencia”, y del Martín Fierro, el encuadre moral y simbólico. De las cartas toma la soltura y el gracejo, del libro una determinada noción de comunidad bíblica, mandamientos y límites por los que caminar, bordes de navaja más o menos definidos que son su sendero, donde la lealtad es la ley primera.
Entre la mesa del bar y la tarima académica, está el político, porque aunque su filosofía es corta o está escudada dentro de ciertas técnicas, artilugios o rituales. Más cerca de “lo que es” que lo “que debe ser”, y aunque esto lo empate necesariamente con el mundo de la calle, el político no puede dejar de lado las luces del conocimiento catedrático, aunque más no sea para fortalecer un discurso frente a algún interesado, o aburrido auditorio televisivo. La televisión también esta entre “la ciencia” y la calle pero hace ya mucho tiempo ha ganado claramente esta ultima la partida, es por eso que el político se siente más cómodo y prefiere la pantalla al acto o la movilización. Chacho Alvarez, resume sobre si esta figura siendo gran cultor del bar o cafè, la cátedra, universitaria y la escena televisiva.
Entre el influjo de la barra brava y la racionalidad enigmática de la religión, son parajes donde también se aloja la política con sus aprietes, bravuconadas de tablón , sus actuaciones bochornosas, con sus guiños y claroscuros, con sus formalidades y sacralidades.
Por llanos y chaturas, contrabalanceados con preciosismos dandys se dibuja el actual marco político, y abrevando sobre su policrómica tradición nos aborda.
Las identidades en el habla de los argentinos son sistemas paradojales de resignificación política que han ido a lo largo de la historia construyéndose según el posicionamiento político. Así el peronismo resulta por su complejidad el caso más claro. Las palabras, han sido distintivos y calificativos que usados en una primera instancia como ofensa en una segunda instancia, fueron asidos como denominadores propios.
Así en la tradición del peronismo el “descamisado”, en la verba de Perón no era un agravio sino la forma más cercana y distintiva para referirse al trabajador industrial. En la misma tesitura despunta una sacralizada Eva Perón que decía con voz dulzona y corrosiva “mis gracitas” desde el estrado gubernamental provocando irritación y contispaciones a una gran parte de la gran burguesía argentina que gozaba con el desprecio del “cabecita negra”.
En la formas del peronismos, en la resignificación de los términos agraviantes usados por sus enemigos, esta la cercanía, un “nosotros” identitario, “es así somos esto y estamos acá, metemos las patas en las fuentes de la historia para cambiarla”.
Sin quererlo talvez, aquella “oligarquía” de los 40 fundaba un hablar propio y un distintivo que separaría y demarcaría desde lo más cotidiano los limites y orientaciones políticas de los argentinos. No hacía falta recurrir a análisis económicos, ni sociales muy complicados, el peronismo eran los trabajadores, los descamisados, los cabecitas negras, los gracitas y los que no se reconocían así no eran peronistas, eran los “gorilas”. El arco que englobaba a los gorilas era grande pero centralmente eran todos aquellos que sentían un verdadero odio de clase y superaban en la inquina a los “contreras” que eran aparentemente considerados circunstanciales opositores del peronismo.
En “La fiesta del Monstruo”de Bioy Casares y Borges, en aquel “Te prevengo, Nelly, que fue una jornada cívica en forma”, está la demarcación que hacía carne el hablar y en los posicionamientos de entonces.
Más adelante, en la historia anecdótica peronista el Decreto-Ley 4161 del 5 de marzo de 1956 será el ultimo chispazo que suelde su identidad. La dictadura de Aramburu, Rojas y Alzogaray, llegan irrisoriamente a la prohibición de las palabras, “imágenes, símbolos y signos creados o por crearse”, que sean peronistas. Desde entonces con la sola mención de la palabra “Perón” o cualquier de sus derivados alcanzará para tomas de posición, definirse ideológicamente, y demostrar el origen social e identidad cultural.
Se podría rastrear estas formas del “lo digo por que estuve o por que soy” desde el debate Mitre-López, donde chocaban dos formas de encarar la historia. La de López ligada a la historia de los arcones familiares y las memorias vivas, la historia oral y la de un Mitre que contesta desde la cifra, el dato y el archivo. En Liborio Justo de seudónimo “Quebracho” aquel trostkista olvidado hijo del golpista J.P Justo que según cuenta Norberto Galasso en “Liberación Nacional, Socialismo y Clase Trabajadora” fue quien gritó ¡Abajo el imperialismo! Desde las galerías del Congreso Nacional donde se realizaba una conferencia con el entonces presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt y fuese a demás la primera transmisión radiofónica para todo el continente. Este Liborio trostkista que sitúa a la argentina en una nación colonial, describe en “Nuestra Patria Vasalla” un árbol genealógico que se remonta desde 1779 hasta 1962, para iniciar su voluminosa producción. ¿Qué quería demostrar Liborio con esto? Seguramente su lugar de rebelde a su clase y a la historia de su padre, quería demostrar que venía desde más atrás, bien. Sin embargo no rompe, al contrario sostiene la idea de quien habla-escribe lo hace porque de alguna forma su historia se lo permite, más allá de ser “el hijo de”, es el “sobrino de”, “el nieto de”, “el tataranieto de”, y cuenta.

Resulta humorístico y desesperante, al mismo tiempo como y sobre que tradiciones se fundaron ciertas imágenes, lenguajes y simbologías prefabricadas en la política. El brillo al que llegó Carlos Menem será difícil igualarlo en las formas y en los usos tan propios del imaginario popular, del que se podría decir fue la corporización aparente del ser nacional o su caricatura. Menem era cultor de todas las formas del lenguaje político y de sus peores vicios. La picaresca, la chicana, la pompa, y la simbología tuvieron puntos inigualables, talvez como ejemplo alcance con las patillas facúndicas o aquel caballo pintado artificialmente similar al que tenía el viejo general pero que una simple lluvia arruinó la foto para el almanaque publicitario. Aquel Menem tiene poco que ver con el de hoy, pero talvez en sus ensueños estará pensando en la imagen del Chacho Peñalosa diciendo “ en Chile y de a pie”, si se puede hacer un paralelo como decía Ezequiel Martínez Estrada entre el caballo y el automóvil, o mejor dicho entre el caballo y una Ferrari.

A Juan José Hernández Arregui en su ¿Qué es el ser nacional? desde una óptica marxista con clases e identidades enfrentadas le preocupa la apropiación de significantes y la demarcación de significados, escribe: “en los últimos tiempos se oye hablar en la Argentina del “ser nacional”. Ahora bien, cuando un concepto es manejado por corrientes ideológicas contrapuestas, el mismo es una metáfora o uno de esos recursos abusivos del lenguaje, que más que una descripción rigurosa del objeto mentado, tiende a expresar un sentimiento confuso de la realidad.”. Más adelante Arregui va mas lejos e intenta definir “comunidad nacional” y “cultura”, dice: “Dentro de toda comunidad nacional, se comprueban divisiones económicas, vallas culturales, puntos de osificación que aíslan a las clases sociales, tanto como ramificaciones convergentes que las acercan o separan a la compás de las luchas internas y las expresiones externas. En suma, una comunidad nacional de cultura, es una multiplicidad de tensiones congéneres y antagonistas, cual los músculos de un animal, que se expresan, según las clases sociales, como concepciones divergentes de la cuestión nacional.”. Por otra parte, Arregui ve a América como la América Hispánica y a una cultura común o emparentada que se condensa en la lengua del Quijote, para decir que según él es “el idioma español el que ha plastificado el espíritu de América” con el cual ya no pueden competir los idiomas nativos prehispánicos en lograr una unidad de significantes compartidos.
Esta polémica es en cierta forma también la que se ha dado en estas semanas en la ciudad de Rosario lejos de quedarme aquí, pero sin poder escapar diré que sea como sea las diferencias existen y de una u otra forma las palabras se disputan y se crean y recrean todo el tiempo. Nadie se puede apoderar, y es estúpido controlarlas. Que cambien, que muten pero también busquemos la claridad “en y para” nuestras pequeñas o grandes comunidades políticas de lenguaje: el pueblo, para que podamos entendernos en la construcción necesaria.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

NO PONENCIA PARA LA SAAP

*Agosto 2009. Este texto resume otros trabajos, es el resultado de la preocupación por el debate sobre el método y la situación de la carrera de Ciencia Política de la UBA.

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Compañeros de la Carrera de Ciencia Política:
Con motivo del reciente encuentro de la SAAP al que por varias razones, entre ellas las aquí expuestas, no he participado.
Les envío este texto inicíatico sobre un viejo debate: Una no-ponencia.
Espero que sea tomado solo como un humilde aporte a una discusión que por antigua no deja de ser necesaria en nuestras carreras.
Saludos a todos, nos vemos. JJO

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NO PONENCIA:

“En búsqueda de un modelo originario o al menos un poncho para la ciencia política”

Juan José Olivera


Habitualmente en ciertos círculos parroquiales y a veces académicos donde domina el sentido común y las aseveraciones a boca de jarro escuchamos decir que la “historia Argentina es contradictoria” y para demostrar esto se exponen casos que muchas veces no explican nada o que simplemente demuestran el poco conocimiento en la materia de los hablantes. Personalmente creo, a riesgo de hablar también rápidamente y a boca de jarro, que nuestra historia más que contradictoria es paradójica, y que esta particularidad deviene junto a otros antecedentes que se expresan como invariantes.
En el Facundo de 1845, Sarmiento dice: “no se renuncia a un porvenir tan inmenso, a una misión tan elevada, por ese cúmulo de contradicciones y dificultades. ¡Las dificultades se vencen: las contradicciones se acaban a fuerza de contradecirlas¡,vaya si nuestra historia no está teñida con estas formas, de querer forzar la realidad, de sostener modelos y códigos morales y políticos copiados de manuales de moralidad para aplicarlos mediante la fuerza de la autoridad. Formas militares y de militancias también de ver la realidad y de querer transformarlas quizá son el legado más claro de la practica política nacional, construcciones históricas y cientificistas que en lugar de lograr su cometido se suman a un derrotero histórico de meras intenciones y discursos que han dibujado un rostro amigable para una realidad más cruenta. Como referencia se podrían revisar los discursos del orden y del progreso de finales del siglo XIX, las moralinas cuarteleras de Onganía, o desde las militancias de los años 70 aquello de hacer de la patria peronista una montonera y socialista, y esto, sin animo de ofender ni de poner a las tres experiencias en un mismo frasco, que por cierto no lo hay y no serviría de nada tenerlo.
Sin embargo, Sarmiento tuvo la gran virtud de buscar los rasgos y señas particulares, originales, de “ponerle el poncho a Bolívar” por ejemplo. Mostrar una cara real, hombres con historia, de carne y hueso que nacían de una geografía y de una experiencia siempre presentes. Esa urgencia de construir un discurso político, un manifiesto de combatiente, lo ponía ante la necesidad de conocer realmente el sustrato y la identidad contra lo que luchaba, lo que entendía como Barbarie.


En busca de un nuevo modelo

El presente trabajo está pensando una crítica a la ciencia política, a partir de la necesidad de encontrar una expresión o un modelo que comprenda una forma de estudio que se manifieste superadora a la práctica actual. Que por un lado se ha manifestado ya impotente de analizar los procesos políticos y de cambio, en la realidad nacional y latinoamericana, y que por otro lado recae en repetir modelos y categorías forzados, que poco ayudan a la comprensión de estas problemáticas.
Concebimos a la ciencia política como un arte, el arte de la política, porque solo así esta será una expresión vital, que describa la acción de los hombres y mujeres que la practican en lugares concretos y con ropajes conocidos, con identidades históricamente forjadas, y con rigurosidades manifiestas, latentes y subyacentes que existen en estas tierras.

Antonio Gramsci habla de una ciencia política que se encuentra en “El Príncipe” de Maquiavelo, que no sería una construcción sistemática, sino “una forma en que la ideología política y la ciencia política se fundan en la forma dramática del mito”. La ciencia política estaba en el momento en que escribía Maquiavelo, según Gramsci, entre la escolástica y la utopía, una “forma imaginativa y artística”.
Para Maquiavelo es un arte como desde una visión teleológica para Aristóteles es la constitución virtuosa del ser social realizado en la antigua Polis griega. En ambos casos la acción política remite a la praxis que parte de la reflexión teórica pero no como separación una de otra sino como una totalidad cambiante y dinámica. Continúa Gramsci, y dice que la creación del Príncipe de Maquiavelo tiene:

-una determinada “voluntad colectiva”
-un determinado fin político
-no es representado a través de pedantescas disquisiciones y clasificaciones de principios y criterios de métodos de acción
-sino como cualidades, los rasgos característicos
-los deberes y necesidades de una persona concreta
-despertando así la fantasía artística de aquellos a quienes se procura convencer
-y dando forma más concreta a las pasiones políticas

Gramsci en el apartado sobre “La política como ciencia autónoma” señala “el problema de la política como ciencia autónoma, es decir, del puesto que ocupa o debe ocupar la ciencia política en una concepción del mundo sistemática (coherente y consecuente), en una filosofía de la praxis”, y es en la acción y en la relación con (la unión de la superestructura y la estructura) “el “bloque histórico”, es decir la unidad entre la naturaleza y el espíritu, unidad de los contrarios y de los distintos” en la historia donde se realiza la política, en la praxis.
Critica a Benedetto Croce porque dice que la pasión política no corresponde a los partidos políticos porque “no se puede concebir una “pasión” organizada y permanente”. Gramsci critica a Croce y llegando a posturas muy weberianas cuando el alemán trata sobre la pasión con dos componentes básicos del liderazgo político como es la ética de convicción y la ética de la responsabilidad como posible freno de esta otra.
“La guerra en los hechos es también “pasión”, la más intensa y febril, es un momento en la vida política, la continuación bajo otras formas, de una determinada política”, dice Gramsci coincidiendo con Von Clausewich, entonces sería necesario “explicar como la “pasión” puede convertirse en “deber” moral y no deber de moral política, sino de la ética”. Continua Gramsci su análisis, a nuestro modo de ver hoy equivocado, de los partidos políticos que los describe como formaciones racionalizadas donde no hay lugar para la “pasión” política.

Sin embargo finaliza Gramsci con toda su belleza estilística resaltando la acción política con su carácter pasional: “La política es acción permanente y da nacimiento a organizaciones permanentes cuando se identifica con la economía. Pero esta última se distingue también de la política y por ello se puede hablar separadamente de economía y de política y se puede hablar de “pasión política” como de un impulso inmediato a la acción que nace en el terreno “permanente y orgánico” de la vida económica, pero lo supera, haciendo entrar en juego sentimientos y aspiraciones en cuya atmósfera incandescente el mismo cálculo de la vida humana individual obedece a leyes diferentes de las que rigen el pequeño interés individual.”

Sí, Gramsci dice que aquella política del Principe no estaba sistematizada, se encontraba en “una forma en que la ideología política y la ciencia política se fundan en la forma dramática del mito” pero entonces ¿Por qué hacerlo, o como hacerlo, qué tipo de sistematización?, ¿el método?, ¿Cuál?
Es interesante la observación que hace Gramsci con respecto al método en sus Misceláneas tituladas “Principios de métodos”. Gramsci dice que antes de juzgar hay que conocer, y para la política o como la llama “historia en acción”, el juicio, es justamente la acción. Con esto no está revelando la idea de praxis política como algo que no está prefigurado sino que se construye en la acción. Pero agrega: para juzgar es preciso “saber todo lo que sea posible saber”. ¿Pero que se entiende por “conocer”?, se pregunta Gramsci, y descartando va negando posibilidades como: conocimiento libresco, estadístico, erudición mecánica, conocimiento histórico, intuición, verdadero contacto con la realidad viva y en movimiento, capacidad de “simpatizar” psicológicamente hasta con el hombre particular, para llegar a la conclusión de que la forma o los “limites” de un “conocimiento crítico” o “de lo necesario” debe ser una “concepción general crítica”. Al decir esto Gramsci está por un lado poniendo mucho énfasis en la experiencia-praxis y por el otro descartando varias alternativas explicativas por si solas. Apuesta a una “concepción general” crítica, esto quiere decir que integre todas las alternativas pero que atribuya críticamente preponderancia a algunas de ellas desde la elección del obrar o desde la acción misma.

Sin embargo el método es el que heredamos de la Sociología de Gino Germani, de Geovani Sartori, los conductistas norteamericanos y los analistas neokantianos de las relaciones internacionales. Lejos estamos hoy de las concepciones gramscianas que figuran en las “Notas sobre Maquiavelo” y en concebir una ciencia política con un carácter más amplio como nos muestra la idea de arte político.


Guardianes del método

Si civilización y barbarie no deja de cruzarse en la historia Argentina, si lo “facundico” es un sustrato persistente en los lideres latinoamericanos, si la referencia histórica es una constante en cada acción y gobierno, si la referencia a ligazones locales, territoriales, léase como terruño, y este, puesto como dador de una forma de ser original, o de una existencia antropomórfica revelada por la geografía que en algún punto moviliza las experiencias de vida de nuestros sujetos políticos. Esta misma geografía, como revelación primaria, los impulsa a tomar tal o cual acción, o mejor dicho a constituirse como sujetos en la misma acción, así es que Nestor Kirchner puede ser tan “pingüino” como “tigre” lo era Facundo Quiroga.
Entonces ¿por qué no pensar desde eso que creo algo mucho más extenso e interesante que lo que conocemos como categorías y modelos científicos legados de las ciencias naturales?, que aunque siempre criticados desde las ciencias sociales, también siempre presentes de una forma u otra, dando lugar a exclamaciones candorosas como la que realizó un sociólogo amigo: “todo lo que quieras pero el método no lo vamos a entregar”, como si se tratase de algún sacro tesoro virginal y que alguien nos hizo creer que debía ser nuestra guía, al mismo tiempo que guardianes de este supuesto tesoro.
No nos proponemos volver a la nefrología u otros saberes de entonces, para explicar la realidad como pretendían en aquellos inicios de las ciencias, sino simplemente el desafío es retomar aquellas lecturas con ojos actuales, desde una“concepción general crítica” teniendo en cuenta aquello de una práctica que piensa a la política como creación artística, que en el pensamiento del siglo XIX esta estrechamente ligado a la idea de: Obra .


Por lo menos un poncho y un ensayo

El ensayo argentino, desde sus “Manifiestos” hasta sus “Correspondencias”, ha realizado mucha más ciencia política que los que quisieron amordazar la política al método de las ciencias naturales. No solo fue más potente el ensayo porque hizo política de carne y hueso, sino porque también pudo y puede encontrarse el sentido original de lo que se llama “acción política”. No cualquier tipo de acción sino vinculado a lo griego. Un sentido guiado hacia un fin comprendido por éticas y basamentos morales apropiadas por toda la historia que puede pesar sobre los hombros de cada hombre, desde que su abuelo dudó, si le robaba o no, mandarinas al vecino, o si matar indios era o no contradecir las tablas de Moisés, solo por poner algunos ejemplos. Lo cierto es que en ambas acciones hay cantidad de lecturas, textos y experiencias históricas que van a recubrir y guiar esas acciones.


Crítica a la “Ciencia Política”

La ciencia política Argentina, es un pantano de simuladores de talento, se ha creído y defiende a capa y espada un modelo de estudio de las realidades políticas que no es ni propio ni compatible con nuestra experiencia. Predecir que va a votar alguien una semana antes de los comicios realizando un muestreo no nos indica que valga la pena gastar en mayúsculas o letras doradas en una disciplina que a lo largo de la historia pretendía un fin un tanto más digno.
Se nos acusa de confundir lo que se llama ciencia política con filosofía política, y hacer esa separación ya es una decisión lacerante, decimos nosotros.
El profesor Eduardo Rinesi saldó la discusión con gran lucidez cuando inauguro la carrera en la Universidad de General Sarmiento, que se llama “Estudios Políticos”, sin más, y nada menos. Pero aunque es más interesante, que decir una cosa y hacer otra, no nos quedamos conforme y creemos que hay un terreno aun en disputa y que de alguna manera no se ha dicho o no se ha hecho publica hasta hoy, y por cierto tampoco creo que este pequeño aporte lo haga.

Un poco de tachín-tachín

Quisiera poner algunos puntos o ejemplos donde la ciencia política actual no dice nada o no puede decir nada:

1º - Los miles de cruces dentro y fuera del peronismo.

Bueno, desde “la disciplina” , como les gusta decir a los politólogos de la SAAP, rubrican: “se ha quebrado la disciplina partidaria”.
Bueno, ¡Vaya que novedad¡ decimos.
Pero, ¿cuando el peronismo o el radicalismo fue disciplinado partidariamente?
¿Acaso el tema de la “lealtad” no ha sido el gran tema del peronismo justicialista, aun con Perón en vida? ¿Y el nacimiento de FORJA o los posteriores desprendimientos de los Intransigentes de la UCR?
¿Y los votantes?, con cara de quien esconde una carta fuerte, vuelve a preguntar el disciplinado politólogo mientras lustra una placa de bronce con su nombre, y contestamos:
Sí, el votante fue disciplinado con Perón vivo, luego no,
¿Otra novedad acaso?
No.

Pero ni quien se apura a encasillar los procesos políticos en rótulos analíticos ni la rápida respuesta del sentido común pueden resolver ciertos enigmas de la política nacional.
Es necesario que la ciencia política reúna sobre si una cantidad de experiencias históricas, sociales, culturales, literarias, económicas y filosóficas nacionales para comenzar a ver con ojos propios que hay mucho más allá de lo evidente, debe comprender, distinguir lo subyacente a partir de identidades y conciencias largamente estatuidas socialmente que se muestran muchas veces en las formas más informales y complejas de nuestra acción política y cotidiana.

2º- Llama la atención como la ciencia política local que tiene claros reflejos de conductismo y herencias del positivismo no pudo decir nada ante la crisis Argentina del 2001. Tal vez se debió a que la cátedra siempre estuvo cerca del comité, y en este punto es donde se pudo ver que tal cientificismo es solo una pátina sostenida por acomodaticios defensores de un poder académico que actúa claramente en la política nacional y que bajo esos ropajes también hay intereses, tradiciones y filiaciones partidarias en juego. Que nosotros no fiscalizamos ni recriminamos, al contrario saludamos, pero lo que si criticamos es que no se muestre esa lectura claramente.
En esos días de Octubre, Noviembre y Diciembre del 2001 seguramente eran más interesantes los debates internos de la coalición de gobierno que lo que se trataba en las aulas: La repetición mecánica de textos lejanos.

3º- La ciencia política actual tampoco reflexionó aun los porqués, de un Juan Domingo Perón que murió hace más de 30 años, de pasar por el horrible peronismo de post dictadura de los 80 y 90, y sin embargo, los argentinos siguen votando peronistas, o radicales con o sin partido. Ni estudió en profundidad el juego de los partidos locales donde los signos de las izquierdas poco nos muestran a la hora de traducirlo a la representación popular, situación no menos importante ya que casi toda la literatura de la ciencia política se nutre de autores y experiencias europeas donde los campos ideológicos parecieran más evidentes. Por otra parte se podría agregar que los estudios historiográficos han avanzado mucho más en este campo que “la disciplina” misma, cosa que no debería ignorarse o dado por hecho.

Una invariante académica

¿Qué hay bajo la mesa?
¿Qué no ve la ciencia política argentina? ¿Qué subyace?
Raul Scalabrini Ortiz, se dio cuenta y otros también.
Sarmiento se había dado cuenta antes, y la espantosa resolución a eso, que para él era un problema, lo veía en una especie de darwinismo social y en la aniquilación del sustrato indígena y gaucho oriundo de estas tierras.
Eso tan interesante y original, que da respuestas en los momentos de crisis cuando ya no hay respuestas ni discursos que lo oscurecen: aflora.
Pero eso no lo ve la ciencia política actual, porque no lo sabe, no leyó aun esos viejos textos olvidados y fundantes.

La paradoja talvez será que cuando algún escritor norteamericano o europeo los cite la ciencia política local los refutará con otros textos norteamericanos o europeos.

Ojalá, como siempre nos gusta pensar, se rompa la invariante o por lo menos no seamos tan zonzos, como decía el viejo Jauretche, para no darnos cuenta.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Misceláneas Gramscianas, en busqueda de un metodo



MISCELÁNEAS


Reflexiones alrededor de la “Ciencia Política”, el Método, y lo “irracional”
en la obra de Antonio Gramsci, y el anecdotario de Héctor Pedro Agosti.


Juan José Olivera

juanjolivera@yahoo.com
Seminario
Carrera de Ciencia Política
Universidad de Buenos Aires





Temario



1- Introducción
2- A partir de Maquiavelo, sobre la ciencia política.
3- El mito, como componente de la ciencia política.
4- Desde la trascendencia mítica a un pensamiento original.
5- En búsqueda de un método ente misceláneas.
6- El gramscianismo de Héctor Pedro Agosti.
7- El error de Agosti, la tara de la izquierda Argentina.
8- Primeras reflexiones a pie de página.
9- En respuesta a Toni Infranca y la tara renuente.
10- Debate y dialogo, Agosti-Astrada, alrededor del existencialismo.







Introducción

A partir de las lecturas posibles que desarrolla el libro de Raúl Burgos “Los gramscianos argentinos” donde se presenta el recorrido histórico de la obra del italiano en la argentina y el influjo en diversos círculos intelectuales que tuvo el peronismo en la nueva izquierda de principios de los años 60, es que tomo como centro un debate previo como puede ser el debate, o las críticas, que le hace Héctor Agosti en ¿Marxismo Existencialista? de 1953 a Carlos Astrada por la publicación de “La revolución existencialista”de 1952, y aunque no figure en el texto de Burgos, mostrará también algunos de los elementos con los que irían rompiendo luego, los jóvenes comunistas de entonces.
Un Agosti enrolado en el marxismo del Partido Comunista Argentino, pero que con un genio intelectual incisivo descubre la obra de Gramsci y a partir de asirse de ese modelo teórico va a la critica, entre otros, con el que fuera antiguo discípulo de Martín Heidegger y con las teorías “irracionales” como podían ser la fenomenología, las nuevas teorizaciones alrededor del ser y el sujeto, el existencialismo, y luego del estructuralismo francés.
El presente trabajo intenta también hacer una re-lectura del texto de Gramsci, “Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno”, que tradujera uno de los discípulos de Agosti, el cordobés fundador de Pasado y Presente, José Aricó.
Desde la lectura hermenéutica del texto aparecen constitutivos de la ciencia política que piensan la disciplina como un “arte”, que sin sistemización se resuelve potencialmente como una herramienta imprescindible dentro de la filosofía de la praxis en la que indaga Gramsci. Por otro lado, los escritos del “Príncipe moderno” sobresalen de un pensamiento “clásico” marxista, que sin dejar de tener un fuerte anclaje en la teoría marxista y en la tradición materialista dialéctica, nos muestra interesantes componentes de pensamiento mítico e “irracional” como lo llamaría Hebert Marcuse o el mismo Agosti, cuando descarga contra un Astrada que intentará un cada vez mayor acercamiento al marxismo. La critica que hacen los jóvenes granscianos argentinos, el caso de Oscar del Barco, y desde otro lado también Astrada, en “El Marxismo y las Escatologías”estará puesta sobre todo en la “teoría del reflejo”, elaborada por Lenin y que a lo largo del stalinismo se hará carne de una ortodoxia llamada “marxismo-leninismo” que alimentaría a los partidos comunistas satelitales de la URSS.
Como trasfondo en este debate también está presente la disputa histórico-política, la búsqueda por los sentidos y significados que expresaran un pensamiento propio, que de alguna manera justifiquen el accionar político particular y condenaran al otro. Debates que sirvieron para posicionarse en un país dividido entre peronistas y antiperonistas, y que discutió hasta la génesis nacional para enarbolar banderas comunes y significativas en la historia. Esta práctica es la que intentó Agosti con su “Echeverría”de 1951, el amplio abanico que incluyó a radicales forjistas, nacionalistas y marxistas trostskistas identificados como “revisionistas”, pero estos acentuarían en la figura de Juan Manuel de Rosas y en los caudillos federales. También los jóvenes gramscianos de Pasado y Presente entraron en esta disputa histórica, ya en los años 70 integraron Montoneros, nombre este de inocultable adhesión a una mirada histórica particular del siglo XIX.
Finalmente, como contrapuesto, solo como ejemplo más extremo del pensamiento del Heideggerianismo veremos un trabajo ya de principios de los 70 de Rodolfo Kusch, “El Pensamiento Popular Desde el Punto de Vista Filosófico, consideraciones sobre el método, los supuestos y los contenidos posibles”, donde el autor ya se encuentra lejos de las disputas de apropiación histórica como era el caso de Agosti y los “revisionistas” y donde la apuesta es directamente por la inclusión de un pensamiento latinoamericano propio y particular. Trabajos que llevan al autor a no tener la separación en la experiencia, de la dicotomía investigador-investigado, para volcarse de lleno en la experiencia de la vida concreta. Algo así como una filosofía de la praxis, pero desde marcos ontológicos y desde una antropología pretendidamente común.
La nota al pie de página debería decir talvez que así como Kusch eligió un caserío de Maimará en Salta para vivir y terminar sus días, Oscar del Barco, desde algún paraje cordobés intenta, actualmente, sus reflexiones desde la contemplación y la reflexión filosófica que inquiere a su ser más intimo.



A partir de Maquiavelo, sobre la ciencia política

Antonio Gramsci habla de una ciencia política que se encuentra en “El Príncipe” de Maquiavelo, que no sería una construcción sistemática, sino “una forma en que la ideología política y la ciencia política se fundan en la forma en la forma dramática del mito”. La ciencia política estaba en el momento en que escribía Maquiavelo, según Gramsci, entre la escolástica y la utopía, una “forma imaginativa y artística”. Para Maquiavelo es un arte como desde una visión teleológica para Aristóteles es la constitución virtuosa del ser social realizado en la antigua Polis griega. En ambos casos la acción política remite a la praxis que parte de la reflexión teórica pero no como separación una de otra sino como una totalidad cambiante y dinámica. Continúa Gramsci, y dice que la creación del Príncipe de Maquiavelo tiene:

-una determinada “voluntad colectiva”
-un determinado fin político
-no es representado a través de pedantescas disquisiciones y clasificaciones de principios y criterios de métodos de acción
-sino como cualidades, los rasgos característicos
-los deberes y necesidades de una persona concreta
-despertando así la fantasía artística de aquellos a quienes se procura convencer
-y dando forma más concreta a las pasiones políticas

Gramsci en el apartado sobre “La política como ciencia autónoma” señala “el problema de la política como ciencia autónoma, es decir, del puesto que ocupa o debe ocupar la ciencia política en una concepción del mundo sistemática (coherente y consecuente), en una filosofía de la praxis”, y es en la acción y en la relación con (la unión de la superestructura y la estructura) “el “bloque histórico”, es decir la unidad entre la naturaleza y el espíritu, unidad de los contrarios y de los distintos” en la historia donde se realiza la política, en la praxis.
Critica a Benedetto Croce porque dice que política-pasión excluye a los partidos porque “no se puede concebir una “pasión” organizada y permanente”. Gramsci critica a Croce y llegando a posturas muy weberianas cuando el alemán trata sobre la pasión y la ética de la responsabilidad como dos componentes básicos del liderazgo político. “La guerra en los hechos es también “pasión”, la más intensa y febril, es un momento en la vida política, la continuación bajo otras formas, de una determinada política”, dice Gramsci coincidiendo con Von Clausewich, entonces sería necesario “explicar como la “pasión” puede convertirse en “deber” moral y no deber de moral política, sino de la ética”. Continua Gramsci su análisis, a nuestro modo de ver hoy equivocado, de los partidos políticos que los describe como formaciones racionalizadas donde no hay lugar para la “pasión” política. Sin embargo finaliza Gramsci con toda su belleza estilística resaltando la acción política con su carácter pasional: “La política es acción permanente y da nacimiento a organizaciones permanentes cuando se identifica con la economía. Pero esta última se distingue también de la política y por ello se puede hablar separadamente de economía y de política y se puede hablar de “pasión política” como de un impulso inmediato a la acción que nace en el terreno “permanente y orgánico” de la vida económica, pero lo supera, haciendo entrar en juego sentimientos y aspiraciones en cuya atmósfera incandescente el mismo cálculo de la vida humana individual obedece a leyes diferentes de las que rigen el pequeño interés individual.”


El Mito, como componente de la ciencia política

Para Gramsci, Maquiavelo en su escrito constituye y personifica “antropomorficamente” el símbolo de la “voluntad colectiva” en el condottiero que es un elemento “racional y doctrinal”, pero desde una construcción imaginativa y artística, la política misma es divisada como un arte.
Se podría decir que Gramsci hace del condottiero una construcción compresiva (vertehen) del tipo weberiana; aunque puede aparecer esto ya en el texto de Maquiavelo mismo. La comparación de modelos estatales, de situaciones y experiencias pueden tener su correlato comparativo tanto en la obra del florentino, como en la de Weber y en Aristóteles cuando estudia las constituciones en “La Política”. Aunque como el mismo Gramsci dice, Maquiavelo se ubica “dentro” del pueblo para construir “utópicamente” un príncipe que no existía pero que era necesario y su “antropomorfía” invoca y describe a un príncipe “realmente existente”.
Maquiavelo dice sin decirlo “como debe ser ese principe” a partir de una supuesta existencia de modos previos y que va a presentar rasgos conocidos y acumulados por la experiencia histórica, y que el florentino a repasado. Apasionado y desde “dentro” del pueblo Maquiavelo reclama y reconoce al Príncipe, Gramsci describe este proceso con metáforas curiosamente irracionales, más propias de la estética; dice “afecto”, “fiebre”, “fanatismo de acción”, y dice que debe leerse como “un manifiesto político”.
Gramsci observa que el mito-texto Príncipe, el “libro viviente”, “podría ser estudiado como ejemplificación histórica del “mito” soreliano, es decir de una ideología que no se presenta como una fría utopía, ni como argumentación doctrinaria, sino como creación de una fantasía concreta que actúa sobre un pueblo disperso y pulverizado para suscitar y organizar la voluntad colectiva”.
Gramsci dice que Sorel partiendo de la concepción ideología-mito, no llegó a comprender el fenómeno del partido político y se detuvo en la concepción del sindicato profesional. Para Sorel, dice Gramsci, el “mito” no encontraba su mayor expresión en el sindicato como organización de una voluntad colectiva, sino en la acción práctica del sindicato y de una voluntad colectiva ya actuante. Esta “voluntad colectiva” a la que hace referencia Gramsci y Sorel y que se encuentra ya en Rousseau en la forma de “voluntad general” se muestra también como una construcción cimentada miticamente en la historia.
Aquí sería interesante cruzar a Weber, como lo hace Gramsci, en su idea de la conformación de los liderazgos carismáticos y sobre las bases en que se fundan los tipos de dominación ya que estos también se apoyarían sobre hechos heroicos, que constituyen desde la acción concreta el hecho simbólico-mítico. Si para Sorel el mito se encuentra en la “acción practica” y en la “voluntad colectiva ya actuante”, que nosotros podemos visualizar como una construcción mítica también, quiere decir que para los pueblos, para erigirse en ese mundo social, las pautas para erigirse miticamente ya estarían dadas simbólicamente y materialmente. La construcción del ejemplo héroe mítico estaría en esa serie de pruebas que al pasar haría ser reconocido y movilizar las conciencias a partir de supuestos ya conocidos he interiorizados socialmente como la idea ontológica de “bien común” de la que deviene la “voluntad general”, comunidad y Polis. Así, por ejemplo un héroe militar estaría llevando una idea conocida y el triunfo virtuoso lo legitimaría y al mismo tiempo sería reconocido para encausar y encarnar esa construcción mítica que es la voluntad general, porque el supuesto es conocido previamente teleológicamente y se expresa concreto en la acción. Pero, según Heidegger, esto no convierte al mismo héroe aun en mito mismo, aunque su llegada a héroe, a encarnar la voluntad general halla transitado lo mítico.
Quisiera hacer un espacio para cruzar algo inquietante y que llama la atención en cuanto a la conformación que hace Gramsci cuando cita a Sorel del partido político. Traer el aporte de los escritos del argentino Arturo Jauretche que desde un acercamiento que se podría decir “compresivo” de la sociedad y a través de un abordaje histórico se pone en la misma línea que se ubica Gramsci y Weber. Jauretche afirma categóricamente en “Los Profetas del Odio” de 1957 que en el siglo XIX, en el imaginario popular “el caudillo era el sindicato del gaucho”, aunque no le atribuye carácter mítico sino estructural, podría decirse que comprende como la acción social del caudillo logra una adhesión que en muchos casos se expresa con atributos de exaltación y trascendencia mítica. La acción social en la que opera históricamente el caudillo montonero le da sentido comunitario a sus seguidores, identidad política que se puede rastrear desde las guerras de la independencia y en la construcción de la noción de “patria” como el lugar donde no solo se nace y muere sino compuesto por un sin número de componentes folclóricos y telúricos, construcciones del sentido común y simbólicos que hacen en conjunto a la identidad local. Mediaciones, que están en un plano diferente de la racionalidad occidental, o si se quiere en la etapa pre-constitutivas del sujeto tomando al antropólogo argentino Rodolfo Kusch desde un ontologismo y existencialismo post Heideggeriano.
En Sorel, según Gramsci, se enfrentaba a dos “necesidades” la del mito y la crítica del mito, en cuanto “todo plan preestablecido es utópico y reaccionario”. Pero también, continua Gramsci, “La solución era abandonada al impulso de irracional, de lo “arbitrario” (en el sentido bergsoniano de “impulso vital”) o sea de la “espontaneidad”.”


Desde la trascendencia mítica a un pensamiento original

Continuando con que habíamos dejado más arriba, aparece dentro de este enfoque la cuestionada figura de Martín Heidegger como quien desde la fenomenología del “Dasein” (“el modo de ser de la realidad humana”, el ente que es ahí, o sea en el mundo) , la esencia, y las fuerzas trascendentales y ontológicas de la tierra y la naturaleza, afirma que el proceso del mito se completa en la “caída” del héroe, en su muerte y transfiguración, “el Dasein existe cayendo”. El mito del héroe debe sufrir una inmersión o muerte para trasfigurarse y por consiguiente asumir un poder ser propio, lograr la individuación. Este enfoque tiene como contrapartida en una línea crítica a su discípulo Hebert Marcuse, y aquí a Carlos Astrada que luego también se alejará de su maestro alemán y tomará con una mirada propia el marxismo. Así también, desde la antropología será Rodolfo Kusch el que necesitará abrevar en el pensamiento de Heidegger aprendido a través de Astrada, para conocer la cosmovisión indo-americana y su “pensamiento” particular.
Kusch estudia un pensamiento que desde el pensar occidental se presenta como una dialéctica regresiva, o de “fagocitación”, donde las mediaciones simbólicas ocupan la centralidad en el sujeto que debe constituirse, e impidiendo el desarrollo lógico-racional de la dialéctica superadora de opuestos. De ahí la imposibilidad de adoptar modelos europeos dando en apariencia parecidos como en lo religioso el sincretismo y los “fracasos de las imposiciones a nivel político de la supuesta regresión de las bondades del imperio, o de los ingenuos postulados de la izquierda ortodoxa”. Inquiriente y cuestionador, pregunta Kusch, si ante esta debilidad del ser “¿significa que no somos “todavía” o que somos así? Y se pregunta también si esta dialéctica del ser-estar no superada no sería una tara desde el pensar occidental, y en realidad no habría que “reconsiderar la arquitectura del ser”, como si tuviera que hacerse sobre otra base. Entonces este pensar Americano no sería ya un pre-recinto del pensar (occidental) sino un pensamiento particular. Para finalizar Kusch pregunta intuyendo la respuesta “¿Pero no será que el recinto fue el área propia del que hacer occidental, pero que en el fondo este último no se desempeño sino como el pre-recinto de un pensar auténtico y realmente universal que aún no advino?”.
En la racionalidad americana que se funda también en una experiencia practico-mítica, Kusch citará varios casos como lo sincrético donde se mezcla Jesús y la virgen Maria como figuras hombre-mujer y niño dios que se puede leer inti-pachamama-hombre, o casos donde la figura Dios central tiene componentes diabólicos en una de sus caras, y una figura maligna a la inversa puede hacer el bien y una benigna el mal. Esta relación permite al sujeto ser el que establece el fin, o hacer la síntesis dialéctica particular sin que existan los opuestos lógicos. Kusch para comprender estas formas de racionalidad pone también el caso de los mapas de Guaman Poma, el caso de un campesino boliviano que en lugar de pedir una bomba de agua prefiere hacer los ritos de lluvia porque finalmente es más posible que llueva a que el gobierno le traiga la maquinaria.
El nuevo pensamiento ecologista europeo ha comenzado a rescatar estos saberes, en el sentido de que la experiencia milenaria está en estrecha relación con la planificación sustentable y natural que hacen en la apropiación colectiva los hombres y mujeres en su devenir histórico y cultural. Finalmente si a esos suelos pobres se los regaría constantemente, primero que escasearía el agua, segundo se desertificaría el suelo y tercero es poco probable que el campesino pobre pueda comprar el equipamiento necesario.
Pero ¿por qué llegar a un Kusch? Que ha llevado el pensamiento de Heidegger a extremos impensados, a bucear en el pensamiento indígena hasta quedarse a vivir en Salta donde “son más interesantes las conversaciones” con su vecino de Maimará, el aymará Mamani que la cátedra académica, las investigaciones subvencionadas, las escalas de meritos y el debate entre campo y científico para sumergirse de lleno en el primero. Y así como está lejos y cada vez más crítico del marxismo y de lo que llama la “izquierda ortodoxa” también se aleja de Heidegger y de Astrada. ¿Acaso uno y otro podrían haber imaginado que un pensamiento tan arraigado en la filosofía alemana que hasta llegó a ser utilizado por los nazis terminara analizando la cultura de los indígenas quechuas y aymarás? Mientras que uno de sus maestros como fue Astrada se acerca al marxismo a través del maoísmo y la revolución cultural China, Kusch se extrema y preocupa por la existencia o subyacensia de un pensamiento americano original y originario.


En búsqueda de un Método entre misceláneas

Es interesante la observación que hace Gramsci con respecto al método en sus Misceláneas tituladas “Principios de métodos”. Gramsci dice que antes de juzgar hay que conocer, y para la política o como la llama “historia en acción”, el juicio, es justamente la acción. Con esto no está revelando la idea de praxis política como algo que no está prefigurado sino que se construye en la acción. Pero agrega: para juzgar es preciso “saber todo lo que sea posible saber”. ¿Pero que se entiende por “conocer”?, se pregunta Gramsci, y descartando va negando posibilidades como: conocimiento libresco, estadístico, erudición mecánica, conocimiento histórico, intuición, verdadero contacto con la realidad viva y en movimiento, capacidad de “simpatizar” psicológicamente hasta con el hombre particular, para llegar a la conclusión de que la forma o los “limites” de un “conocimiento crítico” o “de lo necesario” debe ser una “concepción general crítica”. Al decir esto Gramsci está por un lado poniendo mucho énfasis en la experiencia-praxis y por el otro descartando varias alternativas por si solas apuesta a una “concepción general” crítica, esto quiere decir que integre todas las alternativas pero que atribuya críticamente preponderancia a algunas de ellas desde la elección del obrar o desde la acción misma.


El gramscianismo de Héctor Pedro Agosti

Comentaré los prolegómenos de un debate que aunque haya existido no es recordado ni considerado como parte importante del debate de ideas argentinas. Un debate que enfrenta a las ideas de un marxismo ortodoxo, desde uno heterogéneo y creativo como es la obra de Antonio Gramsci, enarbolado por un brillante intelectual enrolado en uno de los partidos comunistas más dogmáticos y burocráticos del mundo, que sin romper se apoya en el marco teórico del italiano para sostener la pax teórica del partido. Héctor Pedro Agosti, se encuentra dentro de la paradoja que se cierne sobre la izquierda argentina, que es la del exotismo y del utilitarismo que hace de los textos “recién llegados” problemas que van más allá de la mera traducción y que está más emparentado con lo que llamó John William Cooke la costumbre del P.C.A. de ser “fiscales de bibliotecas”. Pero Agosti aunque recaía en estas posiciones sabía que ese pensamiento debía adaptarse y hablar para enfrentar al pensamiento del “revisionismo” histórico enrolado en las filas peronistas, porque aunque no creía en un “pensamiento argentino” sabía que debía llegar hasta la misma génesis de la conformación nacional para darle entidad y corporeidad a su idea. Raúl Burgos en su libro “Los gramscianos argentinos” comenta que en 1951 en el marco de una campaña desatada por un amplio sector de la intelectualidad no peronista centrada en la figura de Esteban Echeverría y concebida como la réplica a la política cultural del gobierno peronista aparece el libro Echeverría de Agosti donde “realiza una complicada operación político-historiográfica, usando como estructura teórica el modelo de análisis empleado por Gramsci para el estudio del Resorgimento italiano. También en esos años, 1953, Agosti forzará la traducción de un texto de Palmiro Togliatti para el número 9-10 de la revista del PCA “Cuadernos de Cultura” bajo el titulo “El antifascismo de Antonio Gramsci”, que donde debía decir “fascismo” figuraba “peronismo” tergiversando el sentido del texto y cometiendo, como dice José Arico en el libro de Burgos, “el error de analogía en que terminaron entrampados los opositores al gobierno de Perón”. También en 1953, desde otro andarivel ideológico, la revista Sur, de Victoria Ocampo, enrolada a las corrientes liberales editaría algunas de las cartas de Gramsci en prisión.
Si para los revisionistas las figuras del panteón de los héroes eran Rosas y los caudillos federales, para Agost,i que intentaba repensar la historia nacional con elementos gramscianos y por fuera de la matriz liberal a la cual la historiografía del PCA adscribía, eran Echeverría, los revolucionarios de 1810 y la Generación del 37 donde estaban además Sarmiento y Alberdi, entre otros. Agosti, al querer superar esa lectura liberal y mitrista también deseaba buscar en la historia argentina las raíces de un presente que escapaba a la compresión de los comunistas. Agosti, apela a los textos del Resorgimento y según Burgos el argumento central de Agosti giraba en torno a dos cuestiones fundamentales: en primer lugar, la definición del proceso revolucionario nacido en torno de la revolución del 25 de mayo de 1810, como “revolución inconclusa” (“rivoluzione mancata”, en Gramsci), como un proceso que no desarrolló el conjunto de sus potencialidades, básicamente por el hecho de no haber resuelto el problema de la tierra, a pesar de las tentativas del grupo revolucionario encabezado por Bernardino Rivadavia. En segundo lugar, indicaba, como causa central el fracaso en la consecución de una adecuada solución al problema de la tierra, la fragilidad del grupo revolucionario, corriente que caracteriza como “jacobina a medias”. Esta visión histórica, comenta Burgos “señalaba la necesidad de completar aquella revolución, realizando la revolución “democratico-burguesa”, tarea que cabría al proletariado moderno y a las fuerzas a él asociadas”.
Si bien las posiciones de Agosti eran forzadas en cuanto a lo histórico, y esto se debía a su tesis de la “similitud histórica” que supuestamente presentaba Argentina con Italia, las elaboraciones teóricas gramscianas del comunista argentino abrían la posibilidad para pensar un marxismo que examine: al marxismo como “historicidad absoluta”, al desarrollo de “las relaciones recíprocas entre estructura y superestructura”, se opusiera a una lectura economisista y reivindicara el “sentido creador” del marxismo en oposición a una lectura “talmúdica” de la teoría marxista. Sin embargo, poca repercusión tuvo este replanteamiento dentro del PCA, incluso hubo un “muro de silencio” dice Pancho Aricó en los reducidos círculos intelectualizados del partido.
Resulta interesante el prologo a la edición argentina del libro “Literatura y vida nacional” que hace Agosti en 1961, dice que hay una “gran analogía” entre los problemas suscitados por el desarrollo cultural italiano y los argentinos que no hay “igualdad, no hay siquiera presentación simétrica de las cuestiones; pero su similitud es indudable, comenzando por el divorcio entre los intectuales y el pueblo-nación que constituye uno de los datos típicos en el proceso social argetino”. Continúa Agosti, con su tesis: “Su paralelismo con el caso argentino resulta evidente, pues el incumplimiento de las premisas socio-económicas de la revolución democrática ha producido entre nosotros la interrupción de una línea de cultura cuya originalidad nacional resultaba notoria en nuestra América (...) El lector capaz de desafiar el vértigo de las entrelíneas y las analogías podrá encontrar en las notas de Gramsci corroboraciones muy sagaces sobre el retardo argentino. Sin embargo alerta Agosti, “Inútil será que busque respuestas minuciosas, recetas. Gramsci le da mucho más que eso: le entrega un método de validez general, enriquecido por una contribución creadora en el campo de la metodología política de la cultura. A partir de aquí podemos transitar con mayor seguridad por los caminos no siempre despejados, que llevan a la reconstitución de una literatura nacional de acentos populares. Pero esa literatura debe arrancar de lo que el país es y no de lo que idealmente quisiéramos que fuese, de sus tradiciones populares, de sus sentimientos, aun de sus atrasos, y no simplemente de aquellos “prestigiosos modelos” que alguna vez zahirió Sarmiento y que suelen caernos como ropa prestada”.
Finalmente Agosti presenta el problema de la izquierda, y como señala Burgos, estas notas movilizarán pensamientos críticos y rebeldías para “una camada de jóvenes intelectuales que, después de la caída del gobierno de Perón, intentaba entender los motivos de la tragedia que los separaba de las masas ahora alejadas del contacto directo con su líder”. Luego el PCA hará un ocultamiento de la figura de Gramsci, habrá retractaciones y silencios en el caso de Agosti, y el partido terminará expulsando, como ha sido la costumbre del comunismo argentino, a los jóvenes que luego constituirían la nueva izquierda a mediados y fines de los 60.


En el error de Agosti, la tara de la izquierda Argentina

Cabe la reflexión a propósito de las observaciones de Agosti con respecto a la revolución “democrático-burguesa” a la que hace referencia más arriba, que algunos autores que identificados con el revisionismo pero desde una óptica marxista, tal es el caso de John William Cooke, ya había caracterizado a esa etapa en el proceso de los años 1945-1955 en que el peronismo había gobernado. La movilización de popular y obrera habría forzado reformas políticas y sociales que habían integrado a amplios sectores cambiando notablemente la composición social del país. Esta visión no escapaba a los jóvenes que irían rompiendo con el PCA a o largo del período siguiente.
Si bien es claro que Agosti hace una referencia desde Gramsci sobre la “intelectualidad orgánica”, militante, claramente hace referencia a un corte en la ideas, entre cierta elite intelectual y el pueblo, que aunque a partir de los 60 critica esa concepción liberal, en el texto de Echeverría de 1951 está presente. Agosti hace referencia a un Echeverría que reclama, una filosofía y una literatura propia que no encuentra y se dispone a establecer, pero que tendrá calcos con la francesa, a lo cual el intelectual comunista defiende: “Esas “ideas intelectuales” constituyen siempre el protoplasma de una nueva concepción del mundo, erguidas triunfalmente sobre un régimen caduco no obstante los cercos policiales que vanamente pretenden sofocarlas, y esas ideas, como representativa de una nueva civilización, forzosamente se traducen en fenómenos de percusión sobre el alma nacional” (...) “la cultura surge entonces como una voluntad militante que ha de envolver íntegramente al “pobre pueblo” y esa anticipación incumplida del “Manual de enseñanza moral” sigue presentándose todavía como señal de nuestro desconsuelo.” Agosti señala además que Echeverría reclama con la cultura lo que pedía Sarmiento que se hiciera desde la educación, y así también hace más énfasis en la idea de la ilustración sin superar el dilema civilización y barbarie, poniendo estos dos elementos en enfrentamiento; Cuando, como han observado otros autores como Ezequiel Martínez Estrada, en “Radiografía de la Pampa” de 1933, forman parte de una misma cosa. Dice Martínez Estrada: “Lo que Sarmiento no vio es que civilización y barbarie eran una misma cosa, como fuerzas centrífugas y centrípetas de un sistema de equilibrio. No vio que la ciudad era como el campo y que dentro de los cuerpos nuevos reencarnaban las almas de los muertos. Esa barbarie vencida, todos aquellos vicios y fallas de estructuración y de contenido, habían tomado el aspecto de la verdad, de la prosperidad, de los adelantos mecánicos y culturales.”
Lo que pareciera haber, a nuestro modo ver, bajo la capa de estos enfrentamientos es mucho más que la mera aunque inocultable pelea entre peronistas y antiperonistas. Hay mucho más aquí, porque esta fue una formación política que cultivó tanto la izquierda del PCA como algunos sectores de la derecha liberal, y que en definitiva no se comprendía la posibilidad de encarnar un debate sobre un pensamiento verdaderamente argentino. Porque existía esta separación entre intelectuales y pueblo, y las elaboraciones que estos hacían eran especulaciones aunque conociendo la historia nacional no podían visualizar el componente popular, ni mirar como decía Gramsci “desde dentro” para comprender el proceso. Muchas veces la pregunta por un pensamiento argentino se ha reducido a una cuestión que solo preocupa a sectores revisionistas o a diferentes enfoques “de peronistas”.Así, la historia mostraría a un Jauretche que dice “mi compromiso es con la causa que va más allá del Hombre”, y su enojo con Perón se lo llevará con él hasta la puerta de la tumba. El mismo Astrada que a pesar de estar muy ligado a la producción teórica y filosófica del peronismo, termina rompiendo hacia el marxismo, y hay muchos casos para citar de pensadores que se encontraban entre el peronismo y el marxismo que se hacían la misma pregunta por un pensamiento argentino, o en definitiva sobre que era y si existía el “ser nacional”, como en el caso de Juan José Hernadez Arregui.
Bajo este enfrentamiento hay más, como dijimos, que peronismo-antiperonismo, o al menos debería hoy haberlo, la izquierda debería leer más en profundidad la historia argentina, no solo la del siglo XIX y XX sino también lo que se produce desde el choque de españoles y los pueblos originarios. Debería pensar no solo en las formas y maneras sino también tratar de hacerse la pregunta por un pensamiento propio y original americano, en lo que en cierta medida se acercara a lo que hiciera el peruano José Carlos Mariategui y Antonio Gramsci, donde se puede leer un “revisionismo” italiano que repasa la historia de Italia desde la antigua Roma hasta los años 30 del siglo XX. Gramsci revisa ¡¡casi 2300 años de historia italiana y occidental!! Repasa y revisa el marxismo, accede a sus escritos fundantes hermenéuticamente, describe campos cognitivos y cosmogonías populares, volviendo a Hegel se atreve a invertir la estructura de hierro del marxismo al decir que “Una reforma intelectual y moral no puede dejar de estar ligada a un programa de reforma económica, o mejor, el programa de reforma económica es precisamente la manera concreta de presentarse de toda reforma intelectual y moral”.
En cuanto a la observación de la revolución democrático-burguesa, que según Agosti debía encarar “principalmente el problema de la tierra” y que para varios pensadores del revisionismo encarnaba el peronismo ya que había sido el movimiento capaz de encarnar la voluntad colectiva nacional-popular se realizaría según Gramsci en “la existencia de grupos sociales urbanos, convenientemente desarrollados en el campo de la producción industrial y que hayan alcanzado un determinado nivel de cultura histórico-política. Es imposible cualquier formación de voluntad colectiva nacional-popular si las grandes masas de campesinos cultivadores no irrumpen simultáneamente en la vida política. Esto es lo que intentaba lograr Maquiavelo a través de la reforma de la milicia; esto lo que hicieron los jacobinos en la revolución francesa”. Este planteo fue también el punto de ruptura como dijimos de los jóvenes comunistas gramscianos, que se sintieron atraídos por el peronismo.


Primeras Reflexiones a pie de Página

Entonces, si Gramsci era un italiano tan revisionista y tan marxista revolucionario aun desde la cárcel misma, será esa ¿quizá la razón por lo cual los marxistas locales han sido tan poco gramscianos?, más allá de las banderas, los himnos, los colores y los nombres iconizados. Lo cierto es que como muestra Burgos en su libro, Gramsci, no impactó solamente en la izquierda del PCA, sino también en los 70 sobre los jóvenes del peronismo revolucionario, en los 80 sobre los radicales alfonsinistas, en los 90 nuevamente al PCA y luego del 19 y 20 de diciembre del 2001 al trostkismo. En cada momento histórico estas apropiaciones teóricas fueron y son parciales, algunos hicieron más énfasis en su faz militante y hombre de partido, otros en su idea nacional-popular, otros en la forma de concebir el poder y el problemático tema de la dicotomía entre reforma y revolución, y finalmente su experiencia en los consejos de fabrica en el bienio rojo de 1919-1920 en Turín. Por elección más acorde a las ideas que trabajamos optamos por los escritos traducidos por Pancho Aricó, “Notas sobre Maquiavelo” que por cierto han servido de inspiración a la izquierda peronista. Pero más allá del posicionamiento concreto, nos interesa rebelar constitutivos básicos para el pensar político y social latinoamericano con diferencias y muchos encuentros con Antonio Gramsci. Con total acuerdo en la forma o “método” en que ha realizado sus estudios y obra el italiano.


En respuesta a Toni Infranca y la tara recurrente

Vaya a modo de referencia también la critica que le podemos hacer a Toni Infranca al decir “los argentinos son hijos históricos de los italianos” poniéndose en la misma línea que Agosti y su tesis de la “similitud histórica”, y las comparaciones del fascismo con el peronismo, al mismo tiempo que desconoce la historia argentina anterior al arribo de la inmigración italiana. Ese error conceptual es parte de una imposibilidad de comprensión del tipo argentino y de su ser nacional como dice Hernández Arregui, componente ontológico que se materializa en la voluntad general. “Ser nacional”, es decir fusión sedimentaria entre tiempo y ser, lo nacional como patria. Las conceptualizaciones de algunos sectores de la izquierda argentina comienzan con este error que señalamos más arriba, y que recae Infranca, ya que no encuentran asidero sus ideas. También es la limitación con la cual se toparon en mayor o en menor medida las experiencias anarquistas, socialistas y comunistas de principio de siglo XX en la argentina. Estas corrientes políticas contaban la historia a partir del surgimiento del sindicalismo, producto este incuestionable de la inmigración de fines del siglo XIX y principios del XX. Entre los sindicatos que tuvieron éxito hasta la llegada del peronismo se encontraban por nombrar algunos: los anarquistas con la F.O.R.A, los socialistas santafesinos del “Grito de Alcorta” que diera nacimiento a la Federación Agraria y los comunistas que dominaron los frigoríficos por muchos años. Pero todos estos grupos lejos estaban de compartir las posiciones y las observaciones de Jauretche sobre la política del caudillo o de las formas preponderantes en la economía argentina vinculadas histórica y sentimentalmente a la tierra y a la producción agroganadera para la exportación y que a partir de los 40 se provocará una enorme inmigración interna hacia Buenos Aires. Gente que trajo además de su fuerza de trabajo a las urbes, también su cosmovisión política y social, Jauretche lo resume este periodo entres ejes “la lanza, la libreta cívica y el carnet sindical”, como una amalgama de una misma cosa en la que se constituyo la clase obrera argentina y que gravitó sobre toda la política a partir de los 40 en adelante en la argentina.
La pregunta que quedaría por hacer al respecto sería ¿el sindicalismo anterior, era el mismo, al que advino luego de los años 40? No, no era el mismo por que la forma era exactamente copia venida con la inmigración y aunque fuera considerado como un gran peligro como lo muestra la sanción de la Ley de Residencia y los hechos de la Semana Trágica, era un actor social muy reducido que llegó a ser masivo recién cuando se adhirienron los sectores mayoritarios recién llegados del interior del país. Esto hizo cambiar al sindicalismo y lo sumó como importante actor político en la escena nacional, cambió cuando estas formas se tocaron con las concepciones que ya gravitaban en la cosmovisión del proletariado rural argentino, no es casualidad que una de las leyes más importantes y celebradas de ese periodo fuera “El estatuto del peón rural”dictado por Perón en las primeros tiempos de su gobierno.


Debate y dialogo, Agosti-Astrada, alrededor del existencialismo

El siguiente debate surge a partir de la publicación de un texto escrito en 1953 bajo el título de ¿Marxismo Existencialista? y es un texto que sale a la crítica de la publicación de Carlos Astrada “La revolución existencialista” de 1952. Como situamos anteriormente en los prolegómenos del debate la figura de Agosti, quien era el encargado del frente cultural y político del PCA, en esos años representaba a parte de la intelectualidad opuesta al peronismo. En cambio, Astrada era el profesor de filosofía discípulo de Heidegger, que había convocado a Gadamer y a otros al congreso de filosofía de relevancia internacional que se realizó en Mendoza, y además era profesor en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, se podría decir que este último estaba sin duda en un punto más alto de relevancia. Más allá de que hoy estos nombres signifiquen poco y hayan sido olvidados tanto por la academia como por los círculos intelectuales alguna vez ocuparon el centro de la escena de las ideas políticas locales.
Agosti pregunta burlón ¿La Revolución Existencialista?...Sí, se responde “a esa revolución –concebida como marcha “hacia un humanismo de la libertad”- nos convoca el profesor Carlos Astrada en su último libro. Y cree llegado el momento de iniciar sobre tales bases un “dialogo productivo con el marxismo””. Astrada, se estaba alejando de algunos postulados de Heidegger que le parecían inhábiles “para la redención del hombre” porque percibe que el individualismo del Dasein no tiene solución en los cuadros de análisis heideggerianos y advierte que es necesario modificar radicalmente la “situación” colectiva en que se mueve el hombre para que el humanismo –o sea el rescate del ser humano- pueda realizar la plenitud del hombre. Agosti aprieta a Astrada y exige que el acercamiento debe ser además de teórico con el marxismo, “político”, y deben ponerse en claro muchas cosas “si queremos conseguir en nuestra propia tierra las elementales reformas capaces de asegurar que la democracia y la independencia nacional no sean meras alusiones alegóricas”. Desopilante Agosti ¡¡desde el mismo PCA le pide democracia e independencia nacional a un Astrada!! enrolado en el peronismo, y continua socarrón como quien domina el tema explicara a un iniciado o como el dueño de la casa discute con el nuevo inquilino: “quienes vemos en la filosofía existencialista la manifestación más resonante de la crisis sin remedio de la sociedad capitalista, del tenebroso ser-para-la-muerte (“el túnel” se lo ha llamado en criollo) que desvanece la capacidad real de redención humana en la melancolía”. Dice Agosti, “Sí, podemos entendernos en muchas cosas. Deberemos entendernos en muchas cosas si queremos, ante todo, preservar esa necesaria paz amenazada que es la condición primera –impresindible- del diálogo.
Así Agosti va contestando en su artículo a Astrada como si se tratara de una carta y señala que si con la “revolución existencialista” se quiere presentar una renovación del hombre, “entonces tenemos que resguardar los principios del marxismo”, aquí Agosti cita a Stalin “es la ciencia de las leyes del desarrollo de la naturaleza y de la sociedad, la ciencia de la revolución de las masas oprimidas y explotadas, la ciencia de la victoria del socialismo en todos los países, la ciencia de la construcción de la sociedad comunista”. Más adelante, Agosti le hecha en cara a Heidegger que fue rector durante el nazismo de la Universidad de Friburgo, pero dice “no nos apresuremos a condenar” y trae el caso de Croce que se vió encandilado desde un racionalismo neohegeliano con el fascismo italiano. Agosti saluda el alejamiento de Astrada del heideggerianismo y alerta sobre el existencialismo, para hacer la crítica a Heidegger cita a Georges Lukacs “Heidegger Redivivus”. Luego Agosti apura a Astrada al decir que a pesar de que este ha declarado la ruptura filosofía con Heidegger recae en el existencialismo y que esto lo pone en una “tercera posición” en filosofía que no es “ni idealismo ni materialismo, que tiene que desembocar también en una tercera vía –ni burguesía ni proletariado- para los hechos prácticos. El resultado es la permanencia de Astrada en las zonas del subjetivismo inseparables de la doctrina existencial e incompatibles, por lo tanto, con la objetividad científica”. Astrada hace un desplazamiento de la visón filosófica hacia la “emotividad y los estratos irracionales del sujeto real”, señala Agosti. Así va criticando el subjetivismo y critica a la fenomenología “incapaz de explicarse el mundo y menos de transformarlo” porque habría una separación insalvable con el marxismo que es la separación sujeto-objeto que hace el existencialismo y llevaría a la inacción.
Agosti repasa en varias hojas los temas del libro de Astrada citando a Gramsci en algunas ocasiones, a Stalin, Lenin, Engels, Marx entre otros para terminar de modo caballeresco con un “Mot de la fin” donde escribe que lo importante es el “debate ideológico, indispensable para la salud moral del pueblo”. Dice para finalizar: “Parece obvio que aunque defendamos con pasión militante nuestros puntos de vista, no hacemos de su aceptación la premisa del diálogo, que Astrada inicia en términos de respetuosa elucidación doctrinaria, sin dejarse arrastrar por ninguno de los slogans que en nuestros círculos intelectuales encubren precisamente a la pereza intelectual, es señal auspiciosa que vale la pena destacar explícitamente. Y creemos que el diálogo podrá ensancharse, y tornarse más valedero y fecundo, si se lo prosigue sobre el vasto escenario de la acción política, donde es preciso que coincidan en nuestro país todos quienes de una u otra manera, se sientan empujados a preparar los caminos para el humanismo de la libertad real y no simplemente declarada. En ese camino podremos (y deberemos) encontrarnos con Astrada pese a nuestras disidencias filosóficas.







Bibliografía consultada

- Antonio Gramsci. “Notas sobre Maquiavelo. Sobre la política y sobre el estado moderno”, Nueva Visión, Buenos Aires 1997.
- Antonio Gramsci. “Antología”. Siglo XXI, Bs. As. 2004.
- Raúl Burgos. “Los gramscianos argentinos. Cultura y política en la experiencia de Pasado y Presente”, Siglo XXI, Buenos Aires 2004.
- Héctor Pedro Agosti. “Prosa Política”, Editorial Cartago, Buenos Aires 1975.
- Héctor Pedro Agosti. “ El ensayo actual”. “La cultura militante, de Echeverría”, Centro Editor de América Latina, Bs. As. 1968.
- Ezequiel Martínez Estrada. “Radiografía de la pampa”, Hyspamerica, Bs. As. 1986.
- Rodolfo Kusch. “Kusch y el pensar desde America”, Fernando García Cambeiro, Bs.As. 1989.
- Rodolfo Kusch. “El pensamiento indígena americano”, Cajica, Puebla, México 1970.
- Carlos Astrada. “El marxismo y las Escatologías”, Ediciones Porción, Bs. As.1957
- Arturo Jauretche. “Los Profetas del Odio”, Trafac, Bs. As. 1957.
- Miguel Mazzeo. “Pensar John William Cooke”, Manuel Suárez editor, Bs. As. 2005.