Centauro descamisado

Centauro descamisado
Daniel Santoro

viernes, 10 de enero de 2014


   

Teniente General Juan Domingo Perón y Juan José Castelli

Por: Juanjo Olivera

Conocido y en cierta forma, ya clásico, es aquel monologo de Leo Masliha que presentaba a finales de los años 80 en pequeños teatros de la calle Corrientes, donde una pareja que intentaba iniciar un romance ponía intersecciones de calles para concretar “La cita”. Claro está que lejos estaban aún de existir los mensajes de textos, los mails y los teléfonos celulares, y así el autor hilvanaba un montón de cruces donde los grandes nombres de la revolución se cruzaban. Ante la sugerencia de encontrarse en la esquina de Paraguay y Trotski, era negada por el otro enamorado debido a que no sabía donde se encontraban esas calles o discutían si se interceptaban o eran paralelas. Seguido a esto, el otro flechado por cupido, le sugería la opción de Mao y Sandocan, por ejemplo. De este modo, hay un largo dialogo de desencuentros, que a partir de desconocer la red vial de la ciudad que dibuja Masliha, hace imposible el inicio de la relación. Los nombres repican en los oídos del auditorio y subrayan con resaltador fluorescente que la atención presta a lo fuera de lugar, al lugar de los nombres cambiados, como aquello que Horacio González llamaría la paradoja de los “nombres cambiados” en la obra de John William Cooke, cuando en una dialéctica trágica expresa “en la Argentina los comunistas somos nosotros, los peronistas”. Finalmente la pareja de Leo Masliha no logra concertar la cita y terminan de la peor manera, lanzándose improperios y puteadas. No, como supondríamos, por la inclinación hacia alguno de los nombres que crujen y hacen ruido al estar juntos, tal como imaginamos que sucede cuando apagamos las luces y los libros comienzan a hablar y discutir entre si. El encuentro no se produce, simplemente porque la pareja no se puede encontrar. No reconocen los registros de la cuadrícula de una geografía que nos resulta irrisoria e imposible, como muchas de las calles que transitamos habitualmente en la Ciudad de Buenos Aires y que miradas a la distancia, tal vez no se diferencie tanto a la ciudad imaginada por el autor.
En los nombres de Perón y Castelli, Castelli y Perón, la sola disposición al ordenarlos presupone ya una lógica organizativa que puede ir desde la ubicación de la numeración de la traza al peso gravitacional que genera uno u otro nombre en la memoria histórica y cotidiana, que es lo mismo pero diferente, de un transeúnte. Perón, “ex Cangallo”, recuerda el memorioso que no puede recordar, ni le interesó jamás saber quién fue ese “ex”, aunque goza con la ignorancia ajena al saberse la vieja identidad de la calle.
La denominación “Teniente General Juan Domingo Perón” reviste ya una intencionalidad marcial. En lugar del nombre del líder, resalta más el intento de incorporar la figura al panteón oficial de la nomenclatura de presidentes y guerreros nacionales, que el que lo ata al imaginario popular como “el primer trabajador” que tararea en la memoria de miles de argentinos que unen ese nombre a una bandera de combate y que en algunos casos lo expone al juramento personal de llegar a la entrega total hacia una causa: “la vida por Perón”.
El reconocimiento y adscripción a la nomenclatura de la traza ciudadana requiere la desapasionada, correcta, institucional y homologada grafía de la letra del cartel azul con letras blancas. Remueve los incómodos y muchas veces resistentes al paso del tiempo, relatos pasados rubricados en tiza y carbón, los ferrites de las pintadas en las paredes y las aureolas de los apresurados aerosoles militantes, porque resultan imposibles al orden matemático de la racionalidad vial de los códigos urbanísticos y a los programas de lectura de Historia en los colegios. Si es posible hablar de la vida de los hombres en forma segmentada, el “joven Marx”, “el Gramsci de los cuadernos de la cárcel”, el “Trotski de Mexico”, el muro de la ochava nos sitúa en un Perón descarnado, homologado para los textos escolares de la Capital Federal, de las guias Filcar y los calendarios de efemérides.

Difícil es cambiar al habitual caminante de la ciudad, sabedor, porteño orgulloso, pedirle que no diga “Cangallo”, que olvide al ingles imperialista Canning para que lo suplante correctamente por los nuevos nombres del patriota Scalabrini Ortiz y Perón. En esta pelea por los nombres hay una batalla campal por el apoderamiento de trincheras de concepciones mentales y subjetividades que se han ido cimentado por el paso del tiempo y los blindajes de la hegemonía y el sentido común.
Durante los días en que salió la clase media a aporrear las cacerolas, con el apoyo de los medios de comunicación opositores y el gobierno de Mauricio Macri, era notable el gesto, el guiño, que significaba sostener empecinado como distintivo la vieja denominación. Como si porteño, partidario del PRO, defensor de los antiguos nombres, fueran la antinomia a Gobierno Nacional, partidarios del kirchnerismo y joven iconoclasta camporista dispuesto a cambiar la tranquilidad vial de un barrio.
Es que en cierta forma, la calle es una en un sentido objetivo e histórico “Tte. Gral. Juan D. Perón”,  y en otro sentido, subjetivamente y contra hegemónicamente “Perón”, a secas, y esa forma de decirlo es una divisa que enarbolada divide hombres en un combate cotidiano.
Por otro lado, más allá de las adaptaciones y reciclajes que deben hacer los Consejos Deliberantes y las Legislaturas para conseguir los consensos para realizar estos “reconocimientos” viales, el “Tte. Gral Juan D. Perón”, también ejerce una inclinación dentro del mismo peronismo, asociándolo a una forma de pensar y concebir al peronismo.

 Ese Perón de la nomenclatura vial dista mucho de ser, por ejemplo, el Perón de la izquierda del movimiento también caracterizado por Cooke como “el hecho maldito del país burgués”  que tenía la potencialidad y peligrosidad revolucionaria que le asignaba el imperio y lo equiparaba con otros movimientos insurrecciónales del tercer mundo.
El Perón de la chapa azul, es el de las legalidades y las normas de las burocracias castrenses y cuarteleras, del último peronismo que izaba  la insignia de ser el “verdadero” peronismo haciendo referencia al primer peronismo, negando el segundo peronismo, el del exilio y de la resistencia, que había invocado una posible reencarnación en un trasvasamiento generacional donde la vieja sangre del movimiento sería influida a las juventudes de los años 70 mediantes la bendición del líder.
El Perón de la foto con el caballo pinto, de la Evita enjoyada, el que compartía los desayunos con Isabel y López Rega, y el peronismo que pensaba en la necesidad de desactivar las “formaciones especiales” de la Juventud Peronista porque se habían “infiltrado” para disputar el movimiento e impedían el desarrollo pacífico del Pacto Social en el país, dialogan entre sí, se entienden perfecto, le hablan al mismo publico. Son los textos de la Comunidad Organizada, El Manual de Conducción, Los Apuntes Militares y La Razón de Mi Vida, leídos con devoción y guardados con feligresía en cajones familiares donde convivieron en el ostracismo la cotidiana defección por la necesidad del sustento y la rebeldía apaciguada del distintivo bajo la solapa. En el territorio donde no hay mucho más lugar que para la imagen de la estampa y el recuerdo de algún discurso incendiario dirigido desde el bacón de la Casa Rosada, no había ya espacio para las Cartas al Dr. Cooke.
¿Pero es posible realizar esos recortes en las vidas de las personas, en sus obras? ¿Podemos conocer el alma de un hombre en su recorte? Suponemos que no, que solo tendríamos estampas, fotografías de un momento, un icono para sintetizar y galvanizar una idea. Así, hoy sabemos por ejemplo, que el pensamiento del Che Guevara es más complejo que la idea que nos transmitía la foto de Korda en blanco y negro, por decirlo de alguna manera, había mas grises y colores que el lente no podía atrapar.
Entonces Perón es también el de esas imágenes y otras más, juntas y agrupadas, podemos, como un sinuoso rompecabezas percibir el drama y cierta totalidad de su obra.

El cruce de esos nombres, el de Perón y el de Castelli son significativos y relevantes, seguramente mucho más atractivos para el escritor de epopeyas y buscador de épicas que el paisaje real del lugar donde se haya la intersección. Urbanísticamente caótica y cosmopolita, transitan por allí todas las corrientes migratorias de este principio de siglo XXI. Se encuentran judíos y orientales fabricantes y vendedores mayoristas de ropa, con la mano de obra de trabajadores del Gran Buenos Aires, con los venidos de países limítrofes, y gente que carga con esfuerzo enormes bolsones para vender “al por menor” en los pueblos de las provincias argentinas. La cartelería y el transito son imposibles, con solo pararse un minuto en la vereda uno siente que molesta y que está ocupando un espacio que cuesta un dineral. Si para Scalabrini Ortiz, el Hombre que estaba solo y esperaba, estaba en Corrientes y Esmeralda, en Perón y Castelli, está el hombre que es explotado por las fuerzas del capital y no le queda tiempo para esperar, solo debiera irse rápido para salvar su vida. Visto el lugar desde las alturas de los edificios que rodean la esquina, es lo más parecido a ver un hormiguero o el trabajo comunitario de ciertas especies, y si bien la noche trae la calma, si no fuera por la cercanía con la vieja estación de trenes que trae una brisa distinta proveniente del oeste, la zona no estaría enganchada al resto del país. Si la estación de trenes y la noche, no estarían cerca, el lugar sería uno de los infiernos que modeló Roden en sus famosas puertas, y no sería parte del país sino una extensión de Hong-Kong, el Bronx de Nueva York o algún lugar del DF mexicano. Decirse argentino, aquí, es igual a decir marroquí, noruego o malayo. Aquí todo intento de nacionalidad es inútil y ridículo, el pasaporte suplanta al DNI y el dinero en efectivo al idioma.
Esas calles vienen y nacen en otros lados y otros tiempos. Si se cruzan en ese lugar estos personajes es por lo irrisorio, es como cuando dos personas quieren realizar un encuentro clandestino, buscan el lugar menos evidente.

¿Pueden hablar entre si Perón y Castelli? ¿Qué nos tienen para decir?
Los dos grandes oradores, seguramente quemarían miles de horas en un duelo verbal larguísimo. Castelli, “el Tribuno de la revolución” en textos de Andrés Rivera, nos repetiría con vocablos jacobinos y voluntad inflamable toda la confianza y la fuerza en la razón y el destino emancipatorio del hombre, del Ser. Castelli, uno de los pensadores y principales conspiradores del partido morenísta nos contaría los secretos de la pólvora revolucionaria, las intrigas de los poderosos y las traiciones de los débiles. El es quien fusila al héroe de la Reconquista de Buenos Aires, Liniers, y forma parte de aquellos primeros hombres de nuestra independencia americana que estaban más familiarizados con el comercio y los círculos literarios que con la vida militar que lo condujo a marchar al frente del ejército revolucionario porteño hacia la primera campaña al Alto Perú para contener el avance de las tropas del realista Goyeneche y que terminará con la derrota patria en Huaqui.
Castelli es el revolucionario. Su figura silenciada, su sombra fantasmal, opacada y limada resiste solo el olvido año tras año en cada niño que festeja la gesta del 25 de Mayo de 1810, y colgado en la nomenclatura vial nos hace un tin-tin metálico de cartel de chapa en la memoria, que nos recuerda que allí está, que no se fue.
Si Perón puede hablar el leguaje de la revolución, y se dirá que ciertamente lo ha hecho, es en el fondo el gran debate. Su idea de la revolución está estrechamente coaligada a la idea de orden, se interviene para organizar, para cambiar las cosas, pero la posibilidad del derramamiento de sangre para realizar los cambios profundos y estructurales no está en su doctrina. El costo de desangrar al país, de desarticularlo económica y socialmente es tan alto que es preferible apostar al tiempo más que a las armas.
El peronismo sería una revolución en sí. Una expresión concreta y limitada del cambio, dura lo que el peronismo dura en el poder, y puede reiterarse solo con este mismo gobernando. El jacobinismo de Castelli y los herederos de la Francia revolucionaria que se transfiere a los revolucionarios del siglo XX, sostienen que el rodar de las cabezas por el patíbulo era la forma de asegurar que no volviera el régimen depuesto. A la luz de los tiempos una y otra experiencia nos muestra que no estaban totalmente acertados ni totalmente equivocados. Los jacobinos no pudieron frenar la reacción y el paso del tiempo les señaló que aquello que creían terminado volvía, en el caso de la revolución francesa con la etapa napoleónica e Imperial, en el caso de la revolución rusa, el enemigo tan combatido, el mismo capitalismo a fines del siglo XX.
En el caso del peronismo esa no profundización y definición que le pedía Cooke que tuviese Perón, habría llevado al movimiento “potencialmente revolucionario” a convertirse en el “gigante, miope e invertebrado” y ser derrotado en el 55 por la alianza de las Fuerzas Armadas con la oligarquía terrateniente y el apoyo norteamericano. El peronismo al no definir su rumbo, corría el peligro de “terminar matándonos mutuamente”, como alertaba Cooke a principios de los 60, cosa que ocurrió a mediados de la década del 70 y ese desvarío se materializó con la peor expresión, la traición del menemismo de los 90.
Si los revolucionarios de 1810, jugaban, en palabras de David Viñas, un juego de mascaras donde simulaban ser monárquicos defensores de Fernando VII para ocultar su revolución jacobina, el peronismo triunfante de los 90, tras la mascara del peronismo revolucionario y los rasgos del caudillismo irredento se escondió el peor enemigo: la traición, latente en el movimiento nacional.
En cierta forma ambas experiencias son revolucionarias e inconclusas, pero por más lejanos que nos parezcan estos debates, individualmente, continúan integrando la cosmovisión de nuestro lenguaje político nacional y su gravitación oscila como un péndulo entre el conservadurismo, el reformismo y la revolución, interrumpidamente a lo largo de la historia argentina. No sabremos nunca los diálogos que pudieran tener estos hombres en los confines de la existencia histórica. Sabemos sí que ambos están clavados en la memoria de cada argentino y son llamados a la acción a la hora de pensar el bien y la grandeza de su país. El deseo, sería entonces, que logremos escapar al desencuentro en que caían los amantes de Leo Masliha y vencedores al fin a la invariante, encontrarnos volviendo a los lugares comunes y conocidos, en la reafirmación identitaria y emancipatoria, en la realización de nuestra Nación con un destino de libertad, justicia y soberanía popular. Como dice la marchita, donde reine el amor y la igualdad, o si se prefiere como la canción de la Asamblea de 1813 que saluda la libertad y la noble igualdad, casi lo mismo.



Once (notas para un recuadro)
¿Por qué Once?
Ese número nada dice y nadie se hace la pregunta, a nadie le importa. El nombre como lo poco de humano que existe allí lo acarrea de la terminal de ferrocarril, llamada Once de Septiembre, por el 11 de septiembre de 1852, cuando Buenos Aires se separó del resto de la Confederación Argentina.
Once es urbano, cosmopolita y marginal. Se venden las mercancías venidas de ultramar y las fabricadas en el país, con materias primas que llegan al país o se elaboran aquí. Sin embargo, personas y artículos son imposibles de reconocer como productos locales. Es el lugar por donde transcurre el comercio de bajo interés, ropa de mediana y baja calidad, basura electrónica de oriente, bijouterie y  juguetes importados. Las calles no están para ser transitadas por vehículos sino por los peatones que las invaden y los empleados de los negocios que cargan carros, y las veredas no cumplen para lo que fueron creadas, o mejor dicho, aquí fueron creadas no para que transite el peatón sino como una extensión del escaparate y el perchero del tendero.
El lenguaje de Once es universal. Porque su idioma es el dinero en efectivo, contado, monoseado, en fajos o en pilones, pero nada denota algún signo de riqueza, belleza o lujo.
La arquitectura del lugar no ha sido pensada para la vida del hombre, aunque haya gente que viva en algunos edificios, mayormente de alquiler o habitados por los hijos y parientes de los dueños judíos de los locales que dan a la calle.
La cercanía de la Estación de ferrocarril la une al cuerpo del país. Sin ese enganche, Once boyaría sin control de las autoridades y no se podría asirlo al mapa. Si no existiera el ir y venir de las personas que llegan y van en tren, que es la puerta de entrada hacia el oeste, antes el temido desierto, luego la campaña mirada con ilusión por los inmigrantes de finales de siglo XIX y principios de siglo XX, y hoy el conurbano profundo donde conviven el barrio privado con la villa miseria, Once quedaría librado al libre albedrío de los juegos del capital y el comercio. Si no existiera ese transito local por la zona, el poder de vigilancia y control estaría gobernado por los dueños de los locales y las cámaras de comercio y no por los funcionarios gubernamentales.

Si bien la noche le acerca aire al Once, también la transforma en un lugar oscuro y tenebroso. De la aglomeración de personas solo quedan algunos espectros encorvados sobre los tachos y bolsas que revuelven en busca de los despojos de cartón y tela que sobraron de los intercambios y del gran movimiento comercial que hicieron los dueños del Once durante el día. Caminar de noche por la zona es atraer la tristeza y la muerte.     

jueves, 4 de julio de 2013

Un nuevo pacto constituyente

La hora requiere relectura de textito escrito el año pasado:


Juanjo Olivera. 
Pensamiento Político Argentino. Ciencia Política UBA.

La literatura de la Ciencia Política de los años 80 europea y norteamericana se preocupó por analizar con relativo rigor, pasado por su tamiz conceptual, el proceso de dictaduras y democracias latinoamericanas de los años 60,70 y 80. 
Aquellos textos, entre otras cosas recomendaban la transformación de los regímenes democráticos presidencialistas-populistas en regímenes parlamentarios, para que en el caso de golpe de Estado sobreviviera la democracia formalmente, aunque más no fuera como una mera pantalla de utilería teatral, como es el caso actual de Paraguay y Honduras.
En ese sentido los textos de aquella época, que en definitiva son los mismos que continúan formando a los politólogos de varias universidades argentinas, también sugerían varios tipos de clasificación para los partidos políticos, gobiernos y democracias. Así colocaba, por ejemplo, los modelos de Partido Único de los países socialistas, o el caso Mexicano, dominado por el PRI, como un Partido Hegemónico. De esto han hablado incluso la semana pasada algunos medios televisivos, acusando al Jefe de Ministros, Juan Manuel Abal Medina, de “querer llevar a la Argentina al modelo hegemónico del PRI”. Aquellos textos hablaban de la poca calidad de las instituciones latinoamericanas, la fragilidad y vulnerabilidad ante la corrupción de las burocracias políticas, la imposibilidad de establecer una agenda de Políticas de Estado que cruzaran transversalmente a los partidos políticos y los consecuentes problemas de gobernabilidad que sucedían a las caídas de esos ejecutivos fuertes, temas todos preocupantes entonces y que continúan teniendo relevancia con la deferencia de tener hoy casi tres décadas de democracias ininterrumpidas en el continente y un fortalecimientos ascendente de las instituciones legales de los Estados, incluso dando nacimiento a nuevas experiencias asamblearias y constituyentes como en Bolivia y Venezuela. 
Un partido para ser considerado hegemónico debía por lo menos ganar tres elecciones consecutivas. Eso metería a la alianza peronista Frente para la Victoria – Partido Justicialista y el conglomerado Transversal dentro de la categoría de hegemónicos. Puestos en ese orden de importancia y juntos, son la expresión que dominó la escena política de estos últimos diez años. El FPV, es la lúcida invención política que Néstor Kirchner creó para contrabalancear el poder de los dinosaurios del pejotismo que vetusto y con mala actuación en la historia reciente del país aún guarda las reliquias simbólicas del peronismo histórico, y a todo esto el kirchnerismo logró sumar nuevas adhesiones que se han ido agregando a este armado a través de los años de gestión. Un entramado que lejos de ser un partido político de definición clásica, que presenta por momentos formas parecidas a los movimientos populares latinoamericanos, y en otros, pareciera un mero conglomerado electoral. Lo cierto es que la persistencia y la continuidad de ese espacio podría dar nacimiento a un nuevo partido político que mantenga en el tiempo la mística de un líder, como la figura de Néstor, una conducción como la que lleva adelante Cristina y la experiencia de tres gobiernos seguidos de éxitos constantes y ascendentes que han sido la escuela de nuevos dirigentes. 
La consolidación de una expresión partidaria propia del kirchnerismo es algo temido pero que avanza inexorablemente frente a una oposición que no objeta ya solo las políticas públicas sino la razón de aquellas, por un lado y por otro, a la evidente incapacidad de renovación que muestra el mismo Partido Justicialista y las burocracias sindicales siempre prestas a reclamar un pedazo de una herencia de poder político que alguna vez Perón testara pero que a la luz de la experiencia, es un capital que hace mucho lo han mal gastado . 
Argentina, como otros países de Latinoamérica, ha entrado en una etapa marcada temporalmente por democracias con ejecutivos fuertes que promueven el desarrollo económico pero sin dejar de lado los problemas de inclusión social y el trabajo, el atraso educativo, problemas de hambre, salud, desempleo, habitacionales, derechos de minorías y ecológicos. Estos ejecutivos en muchos casos toman los reclamos y los temas de la sociedad civil más activa y militante del lo que a grandes rasgos se llama el progresismo, y los colocan en la agenda gubernamental creando una situación, donde los mismo gobiernos, se encuentra a la vanguardia de los cambios sociales de sus países. 
A diferencia de la experiencia mexicana, en la etapa actual los ejecutivos ganan elecciones reiteradas en elecciones limpias, con un altísimo grado de libertad de expresión y libertades civiles. Esto cabe aclararlo en cuanto al caso del PRI de los 80 y 90, muchas veces acusado de fraude electoral, represión a los canales de expresión opositora y llegando al asesinato político. Hoy en día, además, los sistemas electorales y los colectivos o sectores que integran las alianzas ganadoras resultan “inclusivos” y no “restrictivos” de derechos. Los movimientos sociales de la sociedad civil, nuevas expresiones sociales y políticas que afloran en la nueva etapa, son efectivamente los defensores y sostén de los ejecutivos. La repetición de períodos gubernamentales de mismo signo y de los mismos líderes, es un reclamo de los sectores que vienen siendo beneficiados por las transformaciones sociales y civiles que se están realizando y que por décadas habían estados apartados de la vista o el interés de los gobernantes. 
Las mayorías populares latinoamericanas votan presidentes fuertes porque es la forma donde colectivamente se expresa la voluntad general de la posibilidad real de cambio, desconfían de los parlamentos porque los consideran cooptables y genuflexos a los intereses políticos y económicos. 
La imposibilidad que tienen los electores, dicho en criollo, los pueblos del continente, de visualizar la continuidad de “políticas de Estado” en gobiernos de signo opositor está marcadas por la fuerza de la experiencia histórica y por el tipo de oposición política que se han manifestado a los ejecutivos. La oposición a la que se han enfrentado Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia o nuestra presidenta no son oposiciones a la forma o al modo de hacer las cosas , como muchas veces los quiere presentar los multimedios informáticos puestos en correlación con la oposición política. Es una oposición de tipo estructural y antisistema, donde los sectores transnacionalizados provenientes de las ganancias millonarias del petróleo venezolano cuestionan mucho más que las audiciones de Aló presidente del comandantes Chávez o la disposición del caballo en el escudo nacional, la marca de las carteras que usa la presidenta o el tono indígena con que hace sus discursos Evo Morales. Como bien señalara Carta Abierta durante el “conflicto con el campo” aquella oposición era “destituyente”, no porque podía necesariamente tener la fuerza para dar un golpe de Estado o de Mercado y sacar de alguna manera a la presidenta del poder, sino porque las prerrogativas del sector oligárquico y la burguesía sojera ponía en cuestionamiento la misma razón de ser de la democracia, que es la de elegir un presidente para que gobierne a las mayorías proponiendo un programa de acción política que no es el de una corporación en particular. Al mismo tiempo, se creían con derecho a limitar ese derecho constitucional porque veían peligrar sus exorbitantes ganancias y sus monolitos simbólicos e ideológicos, producto de una política cambiaria favorable establecida desde el Estado en el corto gobierno de Duhalde y de creer aquellos “valores” egoísmo neoliberal inculcados a sangre y fuego en los tiempos de la dictadura del 76 y reactualizados en el menemismo, podían aún estar vigentes.
La necesidad de un nuevo pacto constitutivo es la Hora de los Pueblos de Latinoamérica. Cada país que viene de este nuevo proceso de democracias participativas e inclusivas, necesita establecer nuevas instituciones legales y programáticas que consoliden y relancen sin límite la voluntad general de sus pueblos. Estas nuevas Constituciones de la región debería también presentar también una cantidad de rasgos comunes producto de una historiaría similar o emparentada. Una Reforma Constitucional que no tema a la tradición propia, de ejecutivos fuertes y otorgue la posibilidad de obtener varios mandatos presidenciales consecutivos que construyan reales y solidas “políticas de Estado” ante la existencia de oposiciones estructurales como las que existen hoy en la región, que no limite las adhesiones populares ni proscriba a las mayorías y ensanche su base representativa, que establezca, proteja y promueva la importancia de los roles de las nuevas minorías, de los nuevos derechos, de las conquistas sociales y civiles, que fije un destino y una orientación de la Nación en el nuevo escenario Continental e internacional, que piense en las mayorías, en la inclusión de los pueblos originarios en el bienestar concreto de la sociedad actual, en la fijación de pautas para la propiedad de la tierra y un serio debate sobre la Reforma Agraria en la Argentina, el tipo de industria que va a desarrollar el país de cara al mundo y a un nuevo siglo, los desafíos educativos, tecnológicos, reforzar la conciencia de tener una salud y educación pública y gratuita, la protección de las fuentes de energía y garantizar el acceso y el disfrute de sus beneficios a los más relegados, regular el trabajo . En síntesis, una Reforma Constitucional para reeditar todo lo positivo que contiene nuestra Constitución Nacional y redefinirla sumándole una cantidad de grandes logros que ha realizado el devenir histórico nacional y la experiencia popular en la Argentina reciente.

sábado, 13 de octubre de 2012

Del crisol de razas a la olla popular. Un Ensayo.

Introducción Durante el mes de Enero- Febrero de 2010, el Canal 7 del Estado emitió una serie de reportajes que hizo el sociólogo ex ministro de educación y ex candidato para jefe de gobierno porteño, Daniel Fílmus, a los presidentes de Latinoamérica. En el último programa, el del 12 de Febrero, le tocó cerrar el ciclo a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y repasó algunas anécdotas previas a la asunción a la presidencia de la Nación, la marcha del país y su ubicación en la política continental. Pero tal vez, lo que más llame la atención, y lo diferenciador con otros presidentes que tuvo el país es su visión profunda de la situación social de problemas que provienen de la génesis misma del Estado Nacional. Cristina dijo para Canal 7 al referirse a la situación social en la Argentina: “Todavía es un país injusto, pero no sólo en términos de distribución del ingreso: en cuanto a reconocimientos. Todavía discrimina, no trata a todos por igual. En el centro del país y siendo rubio y de ojos celestes hay más oportunidades que lejos y como un kolla de piel oscura. No se trata con respeto y con igualdad a todos.” Por primera vez en toda la historia del país, un presidente de la Argentina, expresaba con tanta claridad uno de los problemas más negados e ignorados por la política, los medios de comunicación y las universidades del país, que bajo la farsa del “crisol de razas” ha sumido a las razas originarias y originales del país en el más absoluto silencio, en la degradación social y en la marginalidad más grande e injusta que se encuentra en toda Latinoamérica. Del crisol de razas a la olla popular. “Cuando se reflexiona acerca de los esfuerzos que han desplegado para realizar la enajenación cultural, tan característica de la época colonial, se comprende que nada se ha hecho al azar y que el resultado global buscado por el dominio colonial era efectivamente convencer a los indígenas de que el colonialismo venía a arrancarlos de la noche. El resultado, conscientemente perseguido por el colonialismo, era meter en la cabeza de los indígenas que la partida del colono significaría para ellos la vuelta a la barbarie, a encanallamiento, a la animalización. En el plano del inconsciente, el colonialismo no quería ser percibido por el indígena como una madre dulce y bienhechora que protege al niño contra un medio hostil, sino como una madre que impide sin cesar a un niño fundamentalmente perverso caer en el suicidio, dar rienda suelta a sus instintos maléficos. La madre colonial defiende al niño contra sí mismo, contra su yo, contra su fisiología, su biología, su desgracia ontológica. En esta situación, la reivindicación del intelectual colonizado no es un lujo, sino exigencia de programa coherente. El intelectual colonizado que sitúa su lucha en el plano de la legitimidad, que quiere aportar pruebas, que acepta desnudarse para exhibir mejor la historia de su cuerpo está condenado a esa sumersión en las entrañas de su pueblo.” Frank Fanon. “Los Condenados de la Tierra”. Nuestro país, Argentina, el del Himno libertario, el que ostenta un desconocido sol inca en su bandera, el de Maradona y la selección de fútbol, el de los hospitales, escuelas y universidades públicas, el de todos los climas, el productor mundial de alimentos, esconde en sus entrañas un desprecio por sus habitantes originarios. La República Argentina veladamente es uno de los países más racistas, xenófobos e injustos del mundo. Aquí la discriminación y la separación, no es evidente y expresa, como en el Apartheid sudafricano. En un sentido marxista, aquí las diferencias no son solo por el lugar que ocupa cada sector en la lucha de clases; son una combinación de factores históricos económicos, étnicos y culturales que ejercen el control al mismo tiempo y son reguladores y asignadores de recursos sociales, o económicos, que es lo mismo. La geografía del país es vastísima y a cualquiera que vea su radiografía verá la enorme concentración en las ciudades que contiene. La densidad poblacional en las ciudades, con respecto al “interior”, a las zonas rurales, es abismal, una de los más grandes del mundo. Pero sabemos que no siempre fue así, hace 150 años nada más, no era así; las ciudades concentraban también el poder político “formal”, las instituciones de gobierno, y claro el comercio, pero el poder económico y el poder político, su fuerza de facto, estaba en las orillas y en la campaña. Las pampas no eran un desierto, existía un gran número de pueblos indígenas que las habitaban y procuraban sus alimentos de una relación estrecha con el medio donde vivían. Al mismo tiempo, estos pueblos no estaban aislados como se cree y estaban a tanto de todos los acontecimientos sociales y políticos. En toda la historia argentina, antes y después de la mal llamada “conquista del Desierto” por Roca, hubo lanzas de indios, incluso para exterminar a otros pueblos indios, ya Pizarro y Cortez lo había hecho antes. Las lanzas estuvieron en 1810, en la guerra de la independencia, en las filas unitarias y federales, y luego de la derrota de Calfucurá, se los integró al ejército nacional. Muchos descendientes de los pueblos indios se enrolaron como efectivos de la fuerzas de seguridad, policial y militar, era la única vía de integración social al nuevo esquema de la Nación agro-ganadera exportadora que primero les expropio sus tierras, luego les impidió la posibilidad de adaptación a las nuevas formas de trabajo y que finalmente casi los extermina. Con algunos compañeros bromeamos cuando durante todo el 2008 se sucedieron los conflictos por la suba de la tasa de retenciones a las exportaciones del grano de la soja principalmente que el ejecutivo nacional quería realizar a través de la “resolución Ministerial 125” y que se lo denomino desde los medios de comunicación como “el conflicto con el campo”. Entonces los sectores concentrados de la vieja oligarquía terrateniente de la Sociedad Rural, con una nueva burguesía con vinculaciones nacionales y extranjeras, tecnologizada e industrial en su forma de producción agrícola de “pools de siembra”, con los pequeños y medianos productores lácteos y agro-ganaderos, representados históricamente en la Federación Agraria Argentina ubicada tradicionalmente dentro de la centro-izquierda, reclamaban “retrotraer la situación” y nosotros decíamos ya que van a “retrotraer” que lo hagan antes de 1880. Como uno siempre quiere sumar amigos nuevos, discutiendo sobre el tema de las retenciones, hice ese mismo chiste a unos amigos de mi hermano que viven en el partido de Las Heras, en la Provincia de Buenos Aires; la cuestión es que les causó tanto desagrado que debimos interrumpir el debate para que no se fueran. Los amigos de mi hermano trataban de explicarme que 2000 hectáreas no eran nada, y que una camioneta 4x4 era un “elemento de primera necesidad”, y que no querían pagar impuestos tan altos porque “se lo roban los políticos”. Continué la discusión y mantuve una serie de argumentos baste afilados para contradecir los golpes bajos y las chicanas con la esperanza de ganar la posición. Y no sé, si por el vicio universitario de debatir hasta un partido de bolita o por canchereo nada más, cansado de tantos argumentos berretas y xenófobos, derrapé y les tiro esa. Pero no fue solo eso, porque cuando les dije “1880”, me miraron como una vaca mira pasar un auto, no les significaba nada. Así que se los grafiqué un poco más y les dije que la tierra que habitaban no era ni había sido de ellos, que era de la Nación y del Estado, acá y en cualquier parte del mundo, y que antes había pertenecido a los indios que debieron matar y correr para venderles a sus abuelos gringos para que ellos las heredaran hoy, que los descendientes de esos indios existían y estaban concentrados mayormente en el Gran Bueno Aires y en el Gran Rosario, que algunos podían ser piqueteros, pero que no eran vagos, o por lo menos ni más ni menos que yo, y que la asistencia social no era “darles plata a los que no trabajan” sino a los que no tienen nada, y que el mismo Keynes, decía que en tiempo de estancamiento capitalista el Estado debía pagar si era necesario a la gente por hacer posos para luego taparlos porque eso generaba movimiento en la rueda productiva de un país. Les decía que mucha de la gente que habitaban “las zonas de las villas” eran originarias de áreas rurales que se fueron a trabajar en la industria fabril y que con el proceso de desindustrialización que se dio luego del golpe militar de 1976, y que completó Menem en la década del 90, esa gente había quedado desempleada y sin contención social. Ellos insistían en lo atorrante que eran los desempleados y que los villeros demostraban eso porque vivían en condiciones infrahumanas. Yo les dije que sería bueno hacer un proceso de radicación por fuera de Buenos Aires y que se les diera tierras para trabajarlas, que sería como pagar una deuda con esos sectores tan postergados. Les conté que en Estados Unidos los descendientes de esclavos negros iniciaron acciones reparatorias millonarias a J.P. Morgan y otros, porque eran empresas que se enriquecieron trayendo esclavos de África a Norteamérica, y que algo parecido habían hecho los descendientes y algunos sobrevivientes judíos con las cuentas de bancos en Suiza, y que también habían iniciado juicios a las empresas automotrices alemanas por tener esclavos judíos trabajando y que de haberse tratado de una legislación más justa en la Argentina se deberían ver estos casos como algo no tan lejano; fue demasiado, volvimos al futbol y al rato gentilmente, se fueron. En nuestras facultades nadie se platea tampoco nada. Nadie se pregunta por qué cuando uno viaja en un tren que cruza hacia la provincia de Buenos Aires ve tantos trabajadores mestizos y en la aulas universitarias, tan pocos. Nadie se pregunta ¿qué pasa? Que en nuestras aulas a la hora de pasar lista se escuchan esos geringosos trabalenguas impronunciables, donde abundan los apellidos europeos y son minoría los hispánicos. Se ha vuelto parte del sentido común: en la universidad hay apellidos raros, gente blanca y muchos autores extranjeros. El lugar de la universidad gratuita, laica y pública no es el lugar de los “negros”, término con el cual se iguala a los negros, a los indígenas y a los mestizos en nuestro país. Pero en nuestras facultades nadie va a decir eso, ni va a tocar el tema, porque no es una universidad racista sino “progresista”. Entre los amigos y compañeros muchas veces se utiliza ridículamente el término cariñoso “negrito”, “negrita”, he escuchado incluso a amigos míos rubios y de ojos celestes de origen nórdico y de origen judío del este, llamarse así. En las cursadas de las materias avanzadas esta proporción aumenta y a esto se le ha agregado que gracias a la modificación del tipo de cambio 1 dólar 3 pesos, la universidad no se abrió como decía el Che Guevara “al indio, al mulato, al pueblo” sino a los extranjeros atraídos por las ventajas en el cambio. La universidad pública es barata y publica para los que puedan acceder, como el amigo de mi hermano que decía que los piqueteros no trabajan porque son vagos, los estudiantes de la UBA creen que la universidad es para los que quieran estudiar. Los medios de comunicación son los órganos carnales de las multinacionales por los que se difunden los parámetros ideológicos de la segregación mundial y la Argentina es su mejor exponente. Para comprobarlo solo basta tomar lápiz y papel, hacer dos columnas: una que diga “negro” y otra “blanco”, debe poner una tacha en cada columna por cada periodista, actor, conductor, humorista o cualquier personaje que aparezca en la pantalla utilizando un sentido amplio y del sentido común. Seguramente van a crecer las marcas en la columna “blanco”, el mismo resultado lo va a obtener si lee una revista o ve las publicidades. El lugar de los medios de comunicación no es de los “negros”, estos son los que cometen los delitos. Los medios de comunicación “progresistas” argentinos pueden criticar a Estados Unidos porque “las cárceles están llenos de negros o afroamericanos”, negros verdaderos, pero acá no se atreven a decir que son indios y mestizos los que llenan las cárceles porque si no tendrían que dar lugar a incomodas reparaciones, mejor decir a media voz “negros de mierda”. En Argentina el lugar de los indios y mestizos en los medios de comunicación está bloqueado. Tanta, es la ausencia, que cuando alguno accede esa situación de rareza merece el apodo siempre “cariñoso” de “negro”. El negro Dolina, el negro Fontanarrosa, el negro Olmedo, no muchos más. En los países que hay mucha gente negra a nadie se le ocurría llamarla, por ejemplo Brasil: “el negro Pelé”, es Pelé, nosotros le decimos “el negro” en un patético racismo de tablón, o en la Habana de 1960 ningún periodista sería tan imbécil de decirle a Nicolás Guillén –¡Dele negro recite un poema!, pero un notero argentino de hoy me la juego que es capaz de eso y cosas peores, solo basta con prender la televisión y ver semejantes batracios parlantes. No, ni acá, ni en ningún lado dicen “el blanco” Mariano Grondona, ni el blanco Luis Majul, ni el blanco Santos Biasatti, ni el blanco Joaquín Morales Solá. Bueno si le quedan ganas de volver a hacer sociología para principiantes y necesita algo para comparar y es corajudo, retome lápiz y papel haga las mismas columnas y vaya llenándolas con el método antes citado, en los transportes públicos de la ciudad, en los trenes que salen cargados en las horas pico de Retiro, Constitución y Once, y verá como crecerá la columna opuesta. Pero tenga cuidado si a usted le interesó demasiado el tema de la sociología, y quiere llevar los papelitos a todos lados y practica en las puertas de la universidades, en las iglesias, en las empresas de origen multinacional, lugares de atención al público, obras en construcción, cárceles, etc., descubrirá un mundo de números interesantes pero inservibles a la hora de resolver algo, caerá en la misma trampa que nuestros sociólogos y especialistas en estadística que creen conocer el país por sus números. Muchos de ellos creen que justamente blanco y negro son los parámetros para medir los índices de criminalidad y terminan proponiendo como solución a la pobreza y a la delincuencia la realización de más cárceles. La búsqueda de este trabajo no está dirigido a encarar la identidad originaria como un “indigenismo” de moda sino hacia el reconocimiento de nuestra identidad como pueblo-nación. No nos desvela un pueblo indio en particular, para todos reclamamos los derechos olvidados. Pensamos en el pueblo indio-mestizo que perdió su lengua, su identidad y su raíz y son hoy como ayer las masas que construyen la historia y son la fibra viva y palpitante de este país. Entonces hechas estas observaciones, solo queda adelantar nuestras esperanzas para el futuro en este Bicentenario de la Patria. Que no son otras que las que tiene todo el pueblo argentino y que seguramente podremos desarrollarlas en la medida que nos miremos como un país con una raíz y una identidad profunda. Reconocer nuestro pasado indio es una tarea necesaria pero es imprescindible ver el presente de los descendientes de los indios, de “los hijos del País”, dicho en palabras hernándianas y por hoy también de Hugo Chumbita. Ver que los cordones pobres de nuestras grandes ciudades están llenas de aquellos desterrados y expropiados por el capital nacional y extranjero, pero que fueron los hacedores de la patria en los momentos más difíciles, para ellos no hubo ni tierra, ni honor, ni gloria y siempre murieron por la patria. Reconocer esa raíz será devolver un poco de orgullo a nuestra gente olvidada y traicionada mil veces y fortalecerá a nuestra nación hacia una posible refundación. Mariátegui y Sarmiento “No faltan quienes me suponen un europeizante, ajeno a los hechos y a las cuestiones de mi país. Que mi obra se encargue de justificarme, contra esta barata e interesada conjetura. He hecho en Europa mi mejor aprendizaje. Y creo que no hay salvación para Indo-América sin la ciencia y el pensamiento europeos u occidentales. Sarmiento que es todavía uno de los creadores de la argentinidad, fue en su época un europeizante. No encontró mejor modo de ser argentino.” José C. Mariátegui, “Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana”. Es acaso ésta la vez primera que vamos a preguntarnos quiénes éramos cuando nos llamaron americanos, y quiénes somos cuando argentinos nos llamamos. ¿Somos europeos?- ¡Tantas caras cobrizas nos desmienten! ¿Somos indígenas?- Sonrisas de desdén de nuestras blondas damas nos dan acaso la única respuesta. ¿Mixtos?- Nadie quiere serlo, y hay millares que ni americanos ni argentinos querrían ser llamados. ¿Somos Nación? - ¿Nación sin amalgama de materiales acumulados sin ajuste ni cimiento? ¿Argentinos? - Hasta dónde y desde cuándo, bueno es darse cuenta de ello. Domingo F. Sarmiento. “Conflicto y Armonías de las Razas en América”. Mariátegui en el prólogo a los “Siete Ensayos” que publica en 1928 cita a Sarmiento para recaer en lo que luego el argentino Arturo Jauretche llama las “zonceras” argentinas. En Sarmiento es tan renuente la sobrevaloración de la experiencia europea y anglosajona que impide una posible “integración” del sustrato cultural nativo y original. La apelación a una pretendida bonanza de las sociedades civilizadas y modernas justificaban una política de sustitución de razas. En el caso del peruano Mariátegui, no va ya a proponer la importación de la razas para solucionar lo que podríamos llamar “problemas de ajuste de la realidad a la teoría” para buscar una salida socialista para las masas campesinas indígenas y modernizar la sociedad andina. Mariátegui, no ve el tema indígena como algo “específico”, un problema de “lo indígena” como algo original, sino que el indígena y lo original esta puesto en funsión de su tarea productiva, son campesinos. El análisis no está puesto a pensar la producción cultural como algo único, sino como esa cultura original debe ser abordada desde las nuevas herramientas teóricas del marxismo-leninismo para acercar la revolución socialista. Podríamos nombrar al paso la crítica que realizó Rodolfo Kusch en 1971 en “El pensamiento indígena y popular en América”, donde pone la experticia liberal y marxista en la misma línea de imposibilidad de ser una vía para las masas americanas por no tener asidero en la mentalidad y en la filosofía del “ser-estar” americano. Lucio V. Mansilla. Un país con indios. “La civilización consiste, si yo me hago una idea exacta de ella, en varias cosas. En usar cuellos de papel, que son los más económicos, botas de charol y guantes de cabritilla. En que haya muchos médicos y muchos enfermos, muchos abogados y muchos pleitos, muchos soldados y muchas guerras, muchos ricos y muchos pobres. En que se impriman muchos periódicos y circulen muchas mentiras”. Lucio V. Mansilla. “Una excursión a los indio ranqueles” El lugar de destino no le agradaba a Mansilla cuando el presidente Sarmiento lo manda al sur de Córdoba. Sin embargo es allí donde escribirá Mansilla “Una excursión a los indio ranqueles” que se publicará a modo de cartas a su amigo el director de “La Tribuna” de Buenos Aires; casi diariamente a partir del 12 de mayo de 1970 hasta el 7 de septiembre del mismo año. Mansilla se queja al ser destinado al Rio Cuarto donde podía morir esterilmente y en la oscuridad, una muerte inútil sin laudos y en el anonimato. Justo él que era el sobrino de Rosas, paradoja, burla del destino o conspiración vengativa. Había hecho campaña por Sarmiento, el mayor detractor de su tío, y se le mal pagaba. A él, Lucio, que hablaba otras lenguas, que había redactado textos teóricos sobre la formación militar, que era un dandy, un hombre de mundo, de buena familia, aristócrata y viajero, se le daba la innoble misión de controlar las tropelías de un puñado de indios que asolaban “el camino del cuero”. A él, que había nacido para conjugar todos los verbos posibles de la vida y el mundo en primera persona. Mansilla creía que con la excursión cometería una hazaña político-militar, ya que nadie había osado entrar tanto en “tierra india”, y que le otorgarían el puesto de Ministro de Guerra con el que soñara cuando apoyó la candidatura de Sarmiento. La aventura si bien fue un éxito, en las autoridades militares provocó todo lo contrario, le trajo la indiferencia del gobierno y al poco tiempo el alejamiento de su cargo. La excursión la realiza Mansilla en el tiempo donde crece la demanda de ganado vacuno principalmente. Hay una fuerte influencia del positivismo europeo en términos ideológicos sobre el proyecto de modernización del país donde los indígenas y criollos eran considerados genéricamente inferiores y debían ser suplantados por inmigración europea, sajona o germánica. Sin embargo los que acudirán a hacer la América serán los habitantes de los pueblos mediterráneos que en lugar de trabajar la tierra fueron hacinados en las urbes, el campo salvo excepciones quedó en manos de una oligarquía terrateniente. En aquella época había dos concepciones de cómo hacer el desplazamiento de las comunidades indias: 1- pacífico, a través de pactos y tratados comerciales que aseguraran la paz en un proceso escalonado o catequizador. 2- Violento, y ofensivo que los expulse más allá del Rio Negro. La falta de armamento y fuerzas militares hacían imposible la reducción de los indios. La fuerza y organización de los pueblos indios que ocupaban las tierras, limitaban la acción ganadera. Los tratados y acuerdos, de uno u otro lado, habitualmente se rompían: los ganaderos extendían los territorios, los indios respondían haciendo malones y capturaban vacas para comerciarlas hacia con los indios de Chile, y esto tenía como consecuencia la intervención militar en la zona de frontera y las glebas por la fuerza a los criollos. A partir de 1872 la política será de creciente ofensiva militar para terminar en el exterminio que realizó Julio A. Roca en la Campaña al Desierto de 1878-1879. La excursión a los indios ranqueles, contiene una riqueza como documento histórico y político inconmensurable, su texto contiene claves, llaves guardadas para buscadores y pensadores de mundos distintos, posibles. Podríamos decir mejor proyectos alternativos de país y modos diferentes de hacer las cosas simplemente. En la simpleza y en el relato dulzón y anecdótico sin mostrar las cartas Mansilla desgrana su manifiesto. Hay un plan Mansilla entre líneas que debe rebelarse y que lo ponemos en la tercera columna sobre la que se puede apoyar la literatura de la historia argentina y americana, y que excede al liberalismo y al marxismo en su originalidad. Mansilla es la pata que necesita el arqueado anaquel nacional para relanzarse justicieramente a componer algunos temas inconclusos. El “Facundo” de Sarmiento de 1845, contiene como ejes centrales de su manifiesto panfletario político-sociología la categorización civilización-barbarie para establecer un modelo crítico y una forma de construcción ideal del hombre americano, hay un señalamiento del problema y una forma para cambiar el estado de las cosas. Esta presente todo el tiempo el miedo, a lo desconocido, a lo presente, pero principalmente a lo subyacente. Los temas son conocidos: el desierto, la campaña, lo urbano, el gaucho, etc. Es el espíritu de la tierra lo que le preocupa a Sarmiento, lo que lo asusta y lo que se debe erradicar para construir una realidad material, como puede pensar un liberal o un marxista, para no estar atados a las antojadizas cosmovisiones irracionales y a las experiencias sensitivas e iracundas de los naturales americanos. Podríamos decir que el Facundo y la obra de José Hernández “Martín Fierro” se sitúan juntos siempre dispuestos a la consulta en el centro del anaquel. El poema de Hernández es del año 1872, es publicado dos años después de la excursión de Mansilla, uno y otro se conocían y suponemos que se habían leído mutuamente, pero aunque las referencias políticas los acerquen a la tradición federal la expresión de Hernández es la denuncia militante. Si en Sarmiento hay rechazo a la raza del gaucho en Hernández hay reivindicación y denuncia por los atropellos e injusticias a los que se debe enfrentar el hombre de frontera, de la campaña. Pero algo se mantiene igual en cuanto al desierto y el indio: el miedo. El indio y los militares son los que dominan la escena del desierto, sujetos que alejan la paz de los tiempos venturosos “donde el gaucho vivía y su rancho tenía”. Los indios son salvajes, impíos e infieles para Hernández, acechan y cascotean de un lado al rancho del cristiano “Martin Fierro” por brutalidad natural, mientras de otro lado, el Estado, cascotea también con leyes y burocracias injustas. Pero tanto en Sarmiento como Hernández el miedo al desierto y la demonización de lo indio está ahí. Antes ya Echeverría, por primera vez se había atrevido a escribir sobre la pampa en “La Cautiva”, Sarmiento lo nombra en el Facundo, Mansilla también lo refleja en las primeras páginas de la excursión. Mansilla derriba y confronta, pero desde un juego de candilejas art nouveau y gallardías románticas, en las improntas de su literatura de claro-oscuros de daguerrotipo, tras mascaras venecianas es el federal “de familia” que se esconde. Pero critica duro, pavoneándose y poniéndose en el centro, pasa desapercibido, se protege; con pompa y excentricismo nos ha dejado su programa político entre líneas o como su causerie, “entre nos”. En “Una excursión a los indios ranqueles” Mansilla cuestiona el pensamiento eurocéntrico, la civilización no posee menos carga barbárica que los indios ranqueles de las tolderías de su primo adoptivo, Mariano Rosas, en Leubucó. Para Mansilla los indios son diferentes, pero no carecen de códigos kantianos de moral universal, porque son visualizados como hombres y es posible la integración así como otras razas también se han fusionado en el devenir histórico con otros pueblos cómo el europeo. Lejos de lo que muestran otras literaturas, Mansilla demuestra que los ranqueles tenían un gran sentido religioso y estaban integrados al cristianismo más de lo que se creía entonces. El relato muestra la preocupación de Mariano Rosas por qué su pueblo conociera al “Dios” cristiano, y el mismo Mansilla participa de una misa bautismal en las tolderías donde apadrinará a niños ranqueles. En las mentes de la época el “malón” y “la indiada” son calificativos que se traducen en una concepción que tiende a reafirmar la idea bárbara, cruel y anárquica de la vida de los indios, pero que Mansilla desarma describiendo el complejo entramado social, el alto grado de organización política y territorial, compuesta por protocolos, parlamentos, jerarquías y niveles democráticos de consulta y decisión, tal vez más aceitados que los practicados en las grandes urbes. Para sorpresa del mismo Mansilla los indios estaban informados y conocían las noticias de la modernidad. Sabían que los pastos del “camino del cuero” eran codiciados por el Estado nacional no solo por las condiciones naturales que presentaba para el pastoreo sino porque se estaba planeando el trazado de una línea ferroviaria, y esta información la recibían como cualquier hijo de vecino ¡por el diario! “La Tribuna”. Mariano Rosas en medio de un parlamento le extiende a Lucio un ejemplar del periódico que lo deja boquiabierto y casi sin argumentos, le dice el jefe ranquel pasándole el ejemplar de “La Tribuna”: ¿Y entonces por qué no es franco? -¿Cómo franco? -Sí, usted no me ha dicho que nos quieren comprar las tierras para que pase por el Cuero un ferrocarril. Aquí me vi sumamente embarazado. Hubiera previsto todo, menos argumento como el que se me acababa de hacer. -Hermano –le dije- eso no se ha de hacer nunca y si se hace, ¿qué daño les resultará a los indios de eso? -Sí, ¿qué daño? -Que después que hagan el ferrocarril, dirán los cristianos que necesitan más campos al Sur, y querrán echarnos de aquí, y tendremos que irnos al Sur de Río Negro, a tierras ajenas; porque entre esos campos y el Río Colorado o el Río Negro no hay buenos lugares para vivir. -Eso no ha de suceder, hermano, si ustedes observan horadamente la paz. -No hermano, si los cristianos dicen que es mejor acabar con nosotros. -Algunos creen eso, otros piensan como yo, que ustedes merecen nuestra protección, que no hay inconveniente en que sigan viviendo donde viven, si cumplen sus compromisos. El indio suspiró, como diciendo: ¡Ojalá fuera así! Y me dijo: -Hermano, en usted yo tengo confianza, ya se lo he dicho, arregle las cosas como quiera. Poca confianza les tenían los indios a estos pactos, solo veían en ellos una forma de ganar tiempo o de dilatar un final que veían inevitable según la misma experiencia histórica que habían vivido todos los pueblos originarios desde la llegada de los españoles al continente. Otro de “errores” o como diría Jauretche: zonceras; es el rotulo “desierto” que abunda en las páginas de la literatura nacional para describir la pampa. Mansilla dejará en claro que el desierto no está desierto, que la pampa no tiene ni el ombú ni los cardos y que estos son de las zonas pobladas. La pampa no es un gran llano deshabitado, hay infinidad de lugares y accidentes geográficos: loma, montes, guadales, etc, y una gran cantidad de personas y pueblos que la surcan constantemente. En Mansilla la idea de progreso no significa mayor civilización ni mejoría para el hombre sino mayor alienación y deshumanización. Reconoce al indio como persona, lo llama “Hermano”, como “otro” con sus razones, sus apetencias y sus desdichas, también sus derechos. Tiene una mirada profunda, aunque compresiva, está ubicada en el rol que le toca actuar: es militar, occidental, y en blanco, pero no calla, critica, comenta y ese es el gran valor de su literatura. Mansilla no ejerce una “caridad” intelectual del tipo “pobre los indios…”, sino que reconociendo su bravura, su combatividad, su espíritu indomable, los puede pensar sin miedo ni prejuicio. En este texto lleno de claves Mansilla ve en el indio que hay un “otro” un “Ser Humano” como también había visto y lo relatara en los sucesos de la Guerra del Paraguay. Entonces si hay “humanidad”, debe haber “derechos”, y no cabe la idea de exterminio. Mansilla aleja las practicas demonizadoras que se acostumbraban en la época con el rival, su juego será limpio: intenta comprender para describir y criticar. Su crítica es también la pluma de la denuncia pero suavizada por la afectación del personaje que sin querer dice, y mucho. La excursión le traerá problemas a Mansilla, ya cuando estaba en camino le ordenan que retorne al cuartel porque la misión era “innecesaria”, él decide continuar. Luego será relevado del puesto pero antes entrega un informe a sus autoridades militares donde recomienda la ocupación militar de los territorios al Sur del Río Cuarto. ¿Por qué Mansilla después de haber intercambiado ideas con Mariano Rosas, criticar la idea de exterminio y poner su palabra de por medio recomienda la ocupación? ¿Era todo una actuación de Mansilla? ¿Era un embuste más a los indios? No creemos, Mansilla encarna el rol para el que estaba designado, el no se aparta de la “misión” para la que era se había realizado la excursión. Era militar y cumplía con su tarea de negociar, tal como Mariano Rosas tenía sobre su responsabilidad conducir el porvenir de su pueblo. Mansilla escribe que es posible la ocupación, porque para eso había llegado hasta allí, cumple con los objetivos que le fijaron, no contaba encontrarse con una cantidad de cosas que le sorprende y que nos cuenta, nos alerta, muestra: al lector le queda la reflexión. Tal vez el valor de estos escritos sea ese. Nos gustaría pensar que si Mansilla hubiera sido el encargado de la Campaña al Desierto, o si accedía como era su deseo a Ministro de Guerra la historia hubiese sido diferente. Pero no sabemos. Lo cierto es que sí existían otros proyectos y gente que pensaba como él. No hay razón para no creerle, puestos ya en situación. Cuando dialoga, Mansilla con Mariano Rosa hay paridad y como se ve, posibilidad de acuerdo. Releer a Mansilla frente a este bicentenario es tomar partido por esa presencia indígena propia de América, como una obligación pendiente. Nadie planteó el problema tan claro como este incansable viajero. Si Mansilla escribió lo que vio en “Una excursión a los indios ranqueles” quiere decir que era posible otro “plan” otro “proyecto”, otras ideas que quedaron al margen de la historia o que perdieron, fueron derrotadas. Instrucciones para los estancieros y colonias para los hijos del país. Una posible reparación para una deuda histórica “El lepero de Méjico, el llanero de Venezuela, el montubio de Ecuador, el cholo del Perú, el coya de Bolivia y el gaucho argentino, no han saboreado todavía los beneficios de la independencia, no han participado de las ventajas del progreso, ni cosechado ninguno de los favores de la libertad y de la civilización”. José Hernández. “Instrucciones para los estancieros y colonias para los hijos del país.” En 1979 aparece “La Vuelta” de Martín Fierro y entre 1881-1882, José Hernández, escribe y publica “Instrucción del Estanciero”. Se podría decir que ambos textos presentan un correlato lógico y una toma de postura agiornada o coincidente con los nuevos tiempos que corren. Martín Fierro ya no es el gaucho indómito que cruza los desiertos pampeanos libremente sino que en su “Vuelta” es un gaucho “integrado” que necesita casa, iglesia, educación y derechos. Ahora, el gaucho, al mismo tiempo que debía ser educado civilmente también debía adiestrarse en las nuevas labores que exige el medio rural adaptado para la producción intensiva de ganadería y cereal para los mercados ultramarinos. La “Instrucción del Estanciero” surge a partir de un pedido del gobernador de la provincia de Buenos Aires Dardo Rocha que quería enviar a Hernández a una misión a Europa y Australia para mejorar la ganadería y las razas pampeanas, pero este rechaza el ofrecimiento y escribe el texto gratis y “sin salir de su casa”, como narra más tarde Rafael Hernández en la biografía sobre su hermano. El texto repasa las técnicas para la cría de la hacienda, aconseja sobre la utilización de “alambrados” para no tener “todo mezclado: vacas de cría, vaquillonas, novillos y terneros, no es cuidar hacienda, sino vivir con su capital entregado a la Providencia, teniendo más pérdidas, menos aumentos, peores engordes, mayores peligros y menores mejoras.”; lejos habían quedado los tiempos cuando el gaucho Fierro no necesitaba nada más que su bravura e hidalguía para sobrevivir y de frente le hablaba a la Divina Providencia y guitarra en mano recurría a la ayuda de los santos del cielo. Hernández repasa las técnicas de la administración rural, hace un compendio de aceros galvanizados, varillas de “fierro” y manifiesta el asombro que le provoca una puerta tranquera mecánica “en una de las últimas exposiciones en Buenos Aires” invención de los señores Zamboni e hijos “que además de su seguridad, tenía la comodidad de poder abrir de a caballo” y cerrase sola. Hasta allí el escrito no sale del plano técnico para el que había sido consultado pero en la Séptima Parte, IV escribe la “Formación de colonias con hijos del país”, donde reclama la atención de los habitantes originales de la Argentina. Hernández con un estilo prolijamente descriptivo y con una claridad desgarradora hace su llamado a las autoridades para que ejerzan justicia con el sector que había perdido todo en la bonanza que traía la “paz y administración” roquista en tiempos de orden y progreso posterior a la Campaña del Desierto. El capitalismo de la revolución industrial inglesa dejaba así su marca y sus víctimas en los países coloniales y periféricos. Es así que Hernández aboga en su escrito por las colonias con “hijos del país” mientras critica la decisión de este tipo de empresa civilizatoria solo con la inmigración europea dándole “ventajas considerables” para los colonos extranjeros. Cuenta Hernández que la provincia de Santa Fe contaba entonces con 65 colonias “exuberantes de vida y de prosperidad, que producen ingentes millones anualmente”, mientras que la provincia de Buenos Aires permanecía “estacionaria”, no seguía el mismo movimiento colonizador rural y dejaba la mayor extensión de tierras fértiles del país en manos de una oligarquía omnipotente. Al mismo tiempo que se habían fortalecido estos sectores los “hijos del país” habían sido desplazados y empobrecidos, es por ello que Hernández dice: “ Y la Provincia de Buenos Aires necesita, tanto como la que más, ocuparse de esta importante cuestión, que hoy es para ella, cuestión social, cuestión de vida y de bienestar para mucha gente, cuestión de orden, de economía, y de seguridades para la riqueza rural”. Hernández no desprecia el aporte y las ventajas de las colonias con “elemento extranjero” pero subraya que “Ningún pueblo es rico, si no se preocupa de la suerte de sus pobres”, y para eso hace falta el reconocimiento del problema de la concentración de tierras: “Cada propietario encierra bajo su alambrado un extenso número de leguas de campo; arrojando de allí a cuantos no son empleados en las faenas de su establecimiento”. Con brillante lucidez Hernández se anticipa a los “problemas sociales” que trae el desempleo y la marginación, escribe: “¿Qué hace el hijo de campaña, que no tiene campo, que no tiene donde hacer su rancho, que no tiene trabajo durante meses del año, y que se ve a frente con una familia sumida en la miseria? No es principio admisible, pero es una verdad práctica y reconocida, que donde hay hambre no hay honradez”. Hernández conoce la raíz del problema, la historia de la infamia y el ultraje, pero como el mismo dice, “esa investigación, y la de todas las causas que le son anexas apenas nos colocarían en camino de descubrir el origen y los motivos del mal, y no es eso lo que nos preocupa en este instante, sino la adopción de medidas capaces de remediarlo”. No puede volver la historia atrás, pero sí poner sus ideas sin negar su lucha desde las páginas encargadas ¡para mejorar la ganadería y la explotación agrícola de los estancieros bonaerenses! , ¿qué funcionario se animaría hoy a realizar un informe así? Continua Hernández: “Por nuestra parte, creemos, que por sí sola, es insuficiente la acción de la Policía, que por su naturaleza se dirige más a reprimir, que a prevenir los males”. Hernández critica las leyes de vagancia y en cambio propone que se establezcan industrias conexas con la producción rural para complementar las intermitencias de las grandes faenas y evitar el desempleo. Por eso, escribe, “Es necesario, como único, como mejor y más eficaz remedio a todos los males, fundar colonias agrícolas con hijos del país” y reclama lo mismo que se le da al colono extranjero que “le ofrece la ley Nacional, tierra, semillas, implantes, herramientas, animales de labranza y mantención por un año para él y su familia”. Continua Hernández: “La Provincia posee tierras excelentes para este objeto; y si no las tiene en parajes adecuados, debe adquirirlas, para lo cual tiene la facultad y los medios de hacerlo. Cuatro o seis colonias de hijos del país, harían más beneficios, producirían mejores resultados que el mejor régimen policial, y que las más severas disposiciones contra lo que se ha dado en clasificar la vagancia”. Hernández a modo de ejemplo cita el caso de la colonia del pueblo de San Carlos en el partido de Bolívar en la provincia de Buenos Aires fundado en 1878 por su hermano el agrimensor Rafael José Hernández con “hijos del país”, y repasa los avances y logros como en solo tres años se había levantado “más de cien casas; más de doscientas chacras pobladas y cultivadas con grandes sementeras de de maíz, trigo y otros cereales; más de cuarenta mil árboles de todas clases; mucha hacienda de toda especie, y una población activa y laboriosa de cerca de tres mil argentinos”. La colonia se construyo en las cercanías del lugar en que se encontraba un fortín que databa de 1872, donde se había librado la encarnizada batalla de San Carlos, cuando las tropas de Calfucurá pierden su primacía en las pampas. A partir de entonces, se adelanta la línea de fortines quedando entre los pueblos de Guaminí, 25 de Mayo, Olavarría y 9 de Julio, un gigantesco rombo de 270 de largo por 170 kilómetros de ancho de tierras vacías que pronto serían habitadas y puestas a producir de forma intensiva. El plan de Hernández tiene en cuenta la importancia de las comunicaciones para el desarrollo local y proyecta levantar las colonias de hijos del país a lo largo de las vías férreas, o próximo a ellas; “dándoles tierras, semillas, herramientas, animales de labranza y en fin, cuanto con tanta generosidad y justo motivo damos a los colonos extranjeros. Así habría menos necesidad de Ley de vagos; y así habremos respondido a la exigencia de la situación actual de la Provincia”. Hernández explica también la forma en que se debe hacer el reparto: “Trazadas las colonias en los puntos convenientes designados, cada Juzgado debe levantar una especie de padrón de todas aquellas personas de su partido, que no teniendo lugar fijo de residencia, o por otras causas, quieran ir con sus familias a establecerse en la colonia”. Hernández si bien reconoce como dijimos antes el aporte de la inmigración europea al desarrollo del país no comparte las conclusiones que saca Sarmiento de lo inservibles que le resultaban al sanjuanino las razas naturales argentinas, es por eso que reclama por las colonias de “hijos del País”, escribe el autor del Martín Fierro: “Muchos, muchísimos hijos del país, que carecen hasta de lo más indispensable para su subsistencia y la de sus hijos, aceptarían con la mejor voluntad la provechosa oferta; porque el vicio, la holgazanería, no son dominantes en el país, ni constituyen el carácter de los hijos de la tierra; son accidentales, son impuestos por circunstancias que no está en su mano remediar, pero existe en todos al trabajo, el deseo del bienestar, el anhelo por la comodidad de la familia” . Hernández sabe sobre que suelo pisa, reconoce que su inquietud está al borde de las razones que dispararon su ensayo sobre la “Instrucción del Estanciero”, es por eso que precisa aclarar que su objetivo no es hacer “proclamas” ni tocar ninguna fibra delicada del “sentimiento popular”. Sin embargo no puede negar su militancia al decir: “decimos la verdad, y ella está a la vista de todos, imponiéndose con la fuerza de la evidencia”, como dice el dicho popular “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, lo sabe bien Hernández. Hernández reclama por aquellos hombres que pelearon y sufrieron las mayores desventuras en el derrotero de la guerra de la independencia: “El lepero de Méjico, el llanero de Venezuela, el montubio de Ecuador, el cholo del Perú, el coya de Bolivia y el gaucho argentino, no han saboreado todavía los beneficios de la independencia, no han participado de las ventajas del progreso, ni cosechado ninguno de los favores de la libertad y de la civilización”. Repasa la situación dejando en claro el estado del sujeto social originario que ve como fundamental pero oprimido: “En toda América Latina, con una sola excepción, que es Chile, domina la costumbre secular de mantener en el más completo abandono las clases proletarias, que son sin embargo, la base nacional de su población, su fuerza en la guerra y su garantía en la paz”, aunque casi con las mismas palabras, decía bien Hernández, no Marx ni Engels. Nosotros desde el momento en que nos toca vivir también invocamos la necesidad de esas colonias de “hijos del país” que reclama Hernández. En un país y una provincia que espanta la alta concentración de la tierra en pocas manos y tanta gente que necesita las cosas más urgentes de la existencia, hacemos el mismo llamado que el autor del Martin Fierro. También la Nación reclama este cambio porque las ciudades presentan problemas que no solo son ya de sobrepoblación sino que también atentan contra la dignidad misma del ser humano y hacen imperceptible el legado identitario del sustrato cultural de la argentina, que es lo mismo que desoír el llamado de los ancestros y el sonido de sus canciones que empujaron desde su origen el destino de grandeza de nuestra patria, la del pueblo del Himno. A continuación reproducimos la conclusión que realiza Hernández en el capítulo de su ensayo dedicado a la “Formación de colonias con hijos del país”. “Para nuestra Provincia ha llegado ya la época de modificar por completo el vicioso sistema. El Gobierno actual, que tiene a su frente un hombre ilustrado y de ideas progresistas, debe tomar enérgicamente la iniciativa en tan fecunda reforma, y acometerla con decisión, realizando de ese modo una de las obras más benéficas para el país, destinada a aliviar la suerte desgraciada de mucha gente, y a introducir una favorable modificación en la organización social de la campaña. La colonia, trae la vida en grupo, la sociabilidad, el amor al suelo, robustece los vínculos de familia; despierta el amor al trabajo, el anhelo por el adelanto; la colonia reclama la escuela, los hábitos de vida arreglada; y el resultado final es el bienestar, la felicidad, el adelanto y mejora de cuantos forman parte de ella. Persígase al vicioso, castíguese al culpable, pero no hagamos culpables, por la violencia de las cosas, a los que no lo son por la naturaleza, ni por índole. Abrase un refugio para los desamparados de la fortuna; adonde puedan ir a ganar con su trabajo honrado, los recursos necesarios para la subsistencia de sus familias. Las colonias de hijos del país son urgentemente reclamadas en la actualidad, y cada día que pasa, se siente más esa imperiosa necesidad. Ya no hay fronteras que ir a defender; pero hay brazos forzosamente obligados a permanecer ociosos, por la falta de trabajos continuos que no puede ofrecer la naturaleza de nuestra industria rural; hay mucha gente que no tiene ni donde vivir, porque en la campaña no se tiene recurso de alquilar; hay miserias que no pueden remediarse; porque no hay el auxilio de preocuparse día a día lo que ellas reclaman para ser satisfechas. Ese es nuestro país, en su organización territorial, social, industrial, y el Gobierno es el único que puede salirles al frente a los males para remediarles de una manera eficaz, política y duradera. Ese remedio, son las colonias de hijos del país. De ese modo, conforme hay castigo para los malos, habría amparo para los buenos. No habrá un solo vecino de la campaña, no habrá un solo propietario, que no reconozca la necesidad de la medida que sostenemos, que no calcule todos los beneficios que ella produciría y las mayores garantías que de ese modo tendrían todos los intereses. Las leyes que castigan no son siempre las que corrigen –muchas veces son mejores las que previenen. Las leyes penales buscan al delincuente para castigarlo; pero las leyes administrativas deben buscar al hombre honrado para ayudarlo.” Notas: 1- Dice Rafael Hernández: "La autoridad incontestable que tenía en asuntos campestres fue causa que el gobierno del doctor Rocha le confiara la misión de estudiar las razas preferibles y los métodos pecuarios de Europa y Australia, para lo cual debía dar la vuelta al mundo, siendo costeados por la provincia todos los gastos de viaje y estudios y rentado con sueldo de 17 mil pesos moneda corriente mensuales durante un año, sin más obligación que presentar al regreso un informe que el gobierno se comprometía a publicar. Tan halagadora se suponía esta misión que el decreto fue promulgado sin consultar al favorecido, quien al conocerlo por los diarios se presentó en el acto al despacho del gobierno rehusando tal honor. Como el gobernador insistiera que se necesita un libro que enseñase a formar las nuevas estancias y fomentar las existentes, le contestó que para eso era inútil el gasto enorme de tal comisión; que las formas y prácticas europeas no eran aplicables todavía a nuestro país, por las distintas condiciones naturales e industriales; que la selección de razas no puede fijarse con exclusiones por depender del clima y la localidad donde se crían y las variaciones del mercado, que, en fin, en pocos días, sin salir de su casa, ni gravar el erario, escribiría el libro que se necesitaba. Con tal efecto escribió “Instrucción del estanciero”, que editó Casavalle y cuyos datos, informaciones y métodos bastan para formar un perfecto mayordomo o director de estancias y enseñarle al propietario a controlar sus administradores". 2-Cabe señalar que el llamado “Grito de Alcorta” será también en la provincia de Santa Fe, cuando el 25 de Junio de 1912 estalló una huelga promovida por la Sociedad Italiana del pueblo de Alcorta que rápidamente se propagó en toda la región paralizando a mas de 100.000 agricultores que reclamaban la modificación de los contratos de arrendamientos y a partir de este hecho se funda la Federación Agraria Argentina. Santa Fe y Entre Ríos son dos provincias donde se afincaron colonias que recibieron gran cantidad de inmigración europea. Ambas provincias son de las que tienen mayor cantidad de pequeños productores, dato que deberían haber revisado los funcionarios que asesoraban a las autoridades nacionales en el llamado “conflicto con el campo” durante el año 2008 a raíz de la resolución 125 que establecía el pago del 40% de retenciones a la exportación de soja principalmente. Aunque el gobierno nacional dio marcha atrás con el decreto que había sido rechazado por el Senado, desde esa oportunidad se unieron sectores históricamente enfrentados como la Sociedad Rural y la Federación Agraria, alentados por el alto precio internacional de los cereales y un proceso de cambio en la producción agro-ganadera caracterizada por el cultivo de transgénicos, engorde en fead-lots, el buen precio de los arrendamientos acompañado de pingues ganancias para las asociaciones de arrendadores llamados “pules de siembra”, unieron a la vieja oligarquía terrateniente con una nueva burguesía agroindustrial y pequeños productores golpeados por la crisis productiva que infligiera el neoliberalismo de los años 90 al sector. Si bien el proyecto final del ejecutivo tuvo correcciones en el sentido de diferenciar a uno y a otros en la tabla productiva y exportadora nacional, lo cierto es que cuando se presentaron las reformas a la resolución, ya era tarde, y los sectores más pequeños unidos a los grandes se enfrentaron con dureza con el gobierno nacional, aun a costa de perder beneficios y garantías que expresaba el nuevo proyecto de ley. 3-Siguiendo el análisis de Hernández podríamos incluir en un amplio abanico desde los casos llamados como “bandidos rurales”, o en la pluma de Eric Hobsbawm, “Rebeldes Primitivos”, hasta los actuales “pibes chorros” de los asentamientos de los cordones urbanos que rodean la Capital Federal. En uno y otro caso, y en diferentes épocas, ambos forman parte del problema que deriva de la expulsión que hace el medio rural y los cambios en las formas de producir que realizan los medios técnicos y tecnológicos en la agroindustria. 4-La batalla de San Carlos marco la pérdida definitiva de la hegemonía militar de Calfucurá que al año siguiente muere, el 4 de junio de 1873 en Chilihué, cerca de General Acha en la provincia de La Pampa. 5-La difícil situación en la que se encontraban los habitantes de la campaña va componiendo, al mismo tiempo que la poesía de Hernández, los rasgos del gaucho irascible y rebelde. Algunos acontecimientos muestran la reacción a este proceso de expropiación de la tierra y de cambios en la producción que se expresaron a partir de 1852 y más intensivamente luego de 1880. El 1 de enero de 1972 en las sierras de Tandil, provincia Buenos Aires, el curandero y predicador, Gerónimo G. de Solané, que se hacía llamar “Tata Dios” conduce a 50 gauchos convencidos que los gringos: italianos, alemanes, ingleses, vascos, portugueses, franceses y otros colonos extranjeros de la zona eran enemigos de Dios y al grito de “Mueran los gringos y masones” degüellan y decapitan 30 personas entre hombres mujeres y niños. Así también Eduardo Gutiérrez publica entre el 28 de noviembre de 1879 y el 8 de enero de 1880 su novela, “Juan Moreira” en forma de folletín por capítulos en el diario La Patria Argentina donde relata la vida de un gaucho que realmente vivió y terminó sus días en el partido de Lobos. Hernández no desea la eliminación de las colonias extrajeras pero reconoce la ausencia de políticas que integren e incluyan a los hijos del país, gauchos mestizos, con una fuerte línea de sangre india. 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